Vivimos la dictadura de lo bello como una gran contradicción. Crecimos sometidos a los cómics americanos de superhéroes, pero en el fondo siempre fuimos más de Mortadelo y Filemón. Dotado de un físico que escapaba radicalmente a eso que nos han metido en la cabeza que es la belleza, el madrileño Eduardo Gómez, fallecido este domingo a los 68 años tras luchar contra un cáncer de garganta, pertenecía a esa gran extirpe de cómicos españoles, a menudo relegados a papeles secundarios, cuya aparición se agradecía como un balón de oxígeno, no porque nos hicieran sentir superiores, sino porque nos permitían ser como somos.
