El venezolano Ricardo Arispe viajó hasta el desastre de Chernóbil en pleno invierno para retratar la soledad del peor accidente nuclear de todos los tiempos. Quiso plasmar el vacío más desolador, la nada, causada por el veneno radioactivo. Pero allí también descubrió otro veneno cuyos efectos todavía perduran: el del totalitarismo.
