Voy a comenzar mi artículo con una confesión, una esperanza velada, una suerte de delirio privado sobre el Chimborazo. En algún territorio de mi fuero íntimo quisiera que en Caracas se instalara un tribunal que juzgara a la dirigencia del castrochavismo y su engendro madurista por crímenes de lesa humanidad contra el pueblo venezolano. Que se les procesara por violaciones a los derechos humanos, que se les hiciera responsables por las muertes de miles de venezolanos resultado del hambre y el deterioro en las condiciones sanitarias del país. Que respondieran por las muertes de niños indefensos víctimas de condiciones de salud medievales, y de enfermedades que habían desaparecido en el país. Que se les inculpara por el horror de haber provocado con sus políticas de hambre el retraso mental por desnutrición de miles de nuestros infantes. Que se les indiciara por haber forzado a la prostitución y a la entrega de sus hijos para sobrevivir a algunas de nuestras jóvenes madres. Que se les responsabilizara por el abandono, penurias y humillación de nuestros ancianos, condenados a mendigar una pensión oprobiosa y miserable. Que los verdugos se enfrentaran a sus víctimas, que las víctimas encontraran justicia. Que respondieran por los desaparecidos, los torturados, los abusados sexualmente y los muertos en prisión. Que sus confesiones y caída del poder trajeran la posibilidad de reconstruir al país, y que se abriera la puerta para el retorno de la diáspora de más de cuatro millones de venezolanos que han abandonado su patria en busca de mejores posibilidades, muchas veces en condiciones infrahumanas, caminando miles de kilómetros y viviendo de la caridad pública o terminando por ser víctimas de mafias depredadoras del sufrimiento, con frecuencia dirigidas por venezolanos. Que se les sindicara por la destrucción de la economía del país y sus centros de investigación, educación y conocimiento, por arruinarlo y por convertir una de las naciones potencialmente más ricas del planeta en una afrenta humillante a quienes nacimos en estas tierras, y en una exhibición de ridículo frente a un mundo, que no termina de entender como los venezolanos nos metimos en este abismo histórico. Que como resultado de su salida del poder se expulsara al ejército de ocupación cubano. Que nos liberáramos del indigno yugo impuesto por los chinos y los rusos. Que se expulsara a los guerrilleros colombianos que saquean Guayana y destruyen el ambiente. Que se confiscaran las riquezas y propiedades mal habidas producto de la pornográfica corrupción de estos años. Que se les borrara a Maduro, a Flores, a Cabello, a los hermanos Rodríguez, a Padrino López, y a todos los que conforman la larga lista de quienes han destruido el país, la sonrisa de sus caras gordas en medio del hambre. Que se tuvieran que tragar cada una de sus palabras de desafío a todo lo que es bueno y la prepotencia insufrible de sus acciones. Que pagaran por todas las lágrimas derramadas, por todas las despedidas de nuestras familias. Que el mal recibiera su merecido, y que sus agentes enfrentaran a la justicia y recibieran el castigo contemplado en las leyes humanas y divinas por su traición al pueblo. Pero, que en medio de ello, no se enfrentaran a una poblada enardecida, sedienta de venganza, que quizás los abriría en canal en la plaza pública y entregaría sus vísceras a perros hambrientos, tal es el daño y el odio que han engendrado, porque eso representaría el triunfo del mal entre nosotros mismos. Que se enfrentaran a jueces y tribunales duros y justos. Que les impusiera su castigo el émulo del Tribunal de Nuremberg en Caracas.