(OPINION) Guerra y paz: el caso venezolano, puedan que los dos extremos de la oposición tengan razón

 

Resultado de imagen para FOTOS DE PEDRO FRANCISCO ARANGUREN

Por Pfag @PedroAranguren

I

De algún modo tienen razón, si lo vemos desde multipolares ópticas, no desde una sola, atacada por el dogma de la simpleza.

Unos quieren paz a ultranza, no quieren los efectos de una guerra que se ha tornado devastadora para todos, para los combatientes y para los que miran los toros de la barrera.

Dice Sun Tzu, que la guerra es una cuestión de vida o muerte, y que se necesita mucho pensamiento para abordarla, antes de lanzar el primer tiro al aire, porque después de ese primer tiro el enemigo se ve forzado a hacer algo, y ese algo pueda que sea una locura, entrando con ello en la fricción e interacción de la guerra donde ninguno de los actores puede controlar el proceso en sí, donde todo se escapa de las manos, precisamente lo que más teme el hombre, la incertidumbre, en un campo donde la nimia equivocación hace que todo vuele por los aires, porque en la guerra todo es acción y reacción, y esta desencadena obligatoriamente más reacciones en una cadena sin fin, en la que la replanificación se institucionaliza como un dolor de cabeza de todos los días en la mal llamada “sala situacional”, que requisa y peina todos los acontecimientos del día para volver a los “mapas”, como le gustaba decir a ese proverbial hombre de la guerra, como lo fue Napoleón Bonaparte.

Pero la guerra es un asunto muy complejo porque las emociones que despierta son terroríficas, y así lo refiere uno de sus teóricos de más renombre, Karl von Clausewitz, al decir que, “Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones están necesariamente implicadas en ella”, y así lo vemos a cada rato las encrespadas emociones corriendo como locas por las redes sociales, hasta donde linchamientos ofrecen a los traidores, llegado el caso y la hora de la venganza. Y es, ¿quién puede mantener el genio de las emociones encerradas en una botella, para que no salten al terreno de las explosiones?

Aparte de las consecuencias físicas, el hambre que cunde por doquier cuando estalla una guerra, propalándose en general las malas condiciones materiales en  todas las direcciones, falla la electricidad, el gas se evapora, todo se vuelve pésimo, y sobre todo, el ánimo se abate, el miedo se pone a flor de piel, no digamos el miedo sino el terror, y el terror es algo tan inflamable que produce los peores sentimientos de ultraje y venganza, de crueldad si la ocasión llegare a tocar la puerta o si simplemente pasara por ahí cerca, a tiro de piedra.

III

En el caso venezolano, no tengo dudas que estas emociones pesan como un fardo a la hora de sentarse a planificar lo que se va a hacer y lo que se va a decir, y es allí donde los polos que se enfrentan en contra vías en decires y en haceres por las salidas posibles a la honda y extendida crisis venezolana, tienen los mayores encontronazos.

Unos dicen guerra, otros gritan paz y diálogo con los mismos gritos ensordecedores o parecidos gestos y ademanes, porque no son los mismos ademanes que se hacen para gritar una cosa y la otra. Pues bien, más allá de estos gestos que se hacen, que en política no es cuestión baladí, porque en política una actitud que se adopte vale más que mil palabras, priva una cuestión de fondo: se hace la guerra o se dialoga; unos creen que no se puede hacer las dos cosas a la vez, pero los norvietnamitas lo hicieron con los gringos, estaban sentados dialogando mientras sus huestes se estaban echando plomo de lo lindo, y nada más y nada menos que tales negociaciones las llevó acabo el duro Richard Nixon y su consejero de seguridad nacional, Henry Kissinger, culminadas con un tratado celebrado entre ambas partes en guerra el 27 de enero de 1973.

Pues bien, ambas partes que gritan “guerra” y la otra “diálogo”, se ahogan en un vaso de agua, precisamente porque chapotean en las emociones que despierta toda guerra, y en el caso venezolano la guerra está chorreando sangre, porque hay cientos de compatriotas en las mazmorras del régimen, aislados, torturados, sin luz del sol, otros han muerto torturados, otros han salido despavoridos al exilio al pesar sobre sus cuellos la espada de Damocles de la prisión y de la tortura; y por la otra parte, el gobierno venezolano Estados Unidos lo tiene cercado, sancionados sus principales lugartenientes, embargados sus capitales en el extranjero.  Es una guerra a chorro vivo, quemante, doliente y sufriente, y el hecho que la quieran parar está en la lógica del mejor sentimiento patriótico, pero SOLAMENTE (y esto hay que ponerlo en mayúscula) dialogando no se para una guerra, porque eso fue lo que quiso hacer Neville Chamberlain con Hitler y no fue suficiente, por lo que tuvo que venir el inefable Churchill a ofrecer su inefable “sangre, sudor y lágrimas”, para entrar en guerra de verdad, verdad, y de ese modo hacer que Hitler saliera con los pies hacia adelante, porque los duros no se detienen solo con nimios apaciguamientos. 

 

IV

Los efectos y consecuencias de la guerra son inevitables, pero hay pueblos que están dispuestos a pagar a un alto precio tales luchas, pero hay otros que van por ahí lloriqueando, queriendo salir al precio que sea de la guerra, y bien se sabe, a donde puede llevar esto, a veces a la más ruda y cruel esclavitud.

Arguyen unos, para halar la sardina a su brasero,  que el mismo Bolívar, con su jacobinismo a cuestas, no le tembló la mano para negociar con el general Pablo Morillo, pero riposto yo, Bolívar no andaba lloriqueando por ahí sino que tenía un ejército a sus espaldas, y había pagado con creces el precio de esa guerra, más bien en demasía.

 

Pero decir que se va a negociar con éxito sin guerra es meterse, no un dedo, sino toda la mano en la boca y hacerse el sordo y el ciego, hasta el gafo. Sin embargo, si de algo  la historia ha dado lecciones es que se puede negociar teniendo las armas levantadas, y si no se llega a acuerdos, no importa, se prosigue la guerra hasta que el adversario se convenza por la fuerza que mejor es negociar.

Pero decir traidor al que negocia, por solo negociar,  solo se puede comprender si lo vemos a la luz de las encrespadas olas que producen las emociones a los mutilados por causa de guerra, y sí, hay una población que ha sufrido mutilaciones de todo orden, y es por eso que es fácil lanzar improperios con éxitos comerciales a los negociadores opositores, porque siempre habrá coro para quienes insulten a tales dialogadores, entendiéndose que hay gente que no quiere diálogo sino diezmar al cruel enemigo, pero una cosa es querer y otra poder.

V

Complejidad es lo que está servido sobre la mesa en el caso de la guerra venezolana; las simplezas aunque están también soplando en muchos oídos, con los mejores lazos, cual manjares de finas exquisiteces, pero no están al alcance de la mano, ya que decir que solo el diálogo resuelve el caso venezolano es ponerse la mano en toda la cara para no ver, ni oler, pero el diálogo siempre es una opción cuando estamos en guerra y a veces hay que hacer que el cántaro vaya muchas veces al río putrefacto de las vanas sonrisas y el apretón de manos hipócritas, hasta que  se parta y salga buen vino y se hagan las celebraciones de rigor, y todos podamos sentirnos parte de un mismo país.

Sí, a Dios rogando y con el mazo dando, y creo yo que el gobierno si lo tiene claro, pero la oposición creo que trabaja a veces más para la galería que en una dirección estratégica seria; ¿pero si no tienen estrategas, porque no los buscan? Pero claro, decir estrategia es sobre todo, tener los elementos para convencer a un pueblo del precio que se necesita pagar, generalmente muy alto, para lograr ciertos objetivos valiosos, como la libertad, pero eso no es un don que derrocha cierta oposición criolla, con esos discursos balbuceantes, incoloros, inoloros, que dan mucha pena, y ese es un hueco por donde toda una estrategia por muy hilvanada que pueda estar en todos sus otros elementos, da contra el precipicio del fracaso más sonoro.

Ni Trump, ni Alvaro Uribe, ni nadie, puede venir a hablar por los dirigentes de la oposición venezolana, y si no lo creen, les pongo el reto de recordar lo que dijeron los héroes del distribuidor Altamira frente a la  base aérea Francisco de Miranda en su patriótico llamamiento a levantarse contra el régimen de Maduro, ocurrido el 30 de abril de este mismo año.

Por contraste, aún hoy, a doscientos años de distancia de aquellas fechas, todavía se nos pone la carne de gallina y el ánimo se nos inflama con los discursos de Bolívar y tantos otros patriotas en su llamado a la rebelión contra España.

El problema no es dialogar o no, hay problemas más de fondo en la oposición venezolana que no se remedia con ir a la mesa de diálogo con el gobierno o de abstenerse de ello, y que no lo puede remediar Trump ni cualquier otro líder extranjero que los apoye.

En política si no convences estás frito, esto vale para los tiempos de paz, y es mucho más álgido si de la guerra se trata, porque si no convences hasta tus propios seguidores te pueden apedrear tus posaderas, precisamente, desde donde a veces más te duele, que es desde tu propia retaguardia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Author: Pablo Perez