Todos queremos que les den por las narices por cada fechoría cometida. Abarrotados en una celda, invadidos por los fantasmas de sus entuertos sociales y con una sensación interminable de culpa por cada acto de maldad aplaudido en público, sientan en carne propia el desprecio de la soledad y el enclaustramiento. Los queremos sin un centavo en los bolsillos; acalorados por las rabietas de no tener nada; con la carga del descubrimiento oficial de la corrupción, asesinato, inmoralidad y brutalidad con los cuales aplastaron el futuro de una nación entera.