
Un sinfín de carpas hace tétrico el paisaje. La polvareda de las cinco de la tarde se mezcla con la fetidez que sale de cada esquina, el viento sopla y la miseria se te mete por los poros. Gritos, carreras, sacos, cajas, ofertas, maletas. Confusión. El mercado a cielo abierto más grande que mis ojos hayan visto se llama “La Parada” y estoy aquí, en el Norte de Santander. Tierra de paso, de sueños y llanto. Lugar donde se cruzan la rabia, el dolor, la esperanza, el odio, el amor, el rencor, la inseguridad, la hospitalidad y el terror. La frontera más caliente de América Latina acoge la cotidianidad más abrumadora que los ciudadanos hambrientos de libertad pueden soportar. La vulnerabilidad es absoluta, en el cruce fronterizo te protegen tus santos, tu Dios, tus ánimas, tus energías, te aferras a las fuerzas sobre naturales capaces de controlar la maldad encarnada en las mafias que huelen tu nerviosismo y te atrapan en un abrir y cerrar de ojos.
Por Héctor Escandell / infobae.com