Una lectura atenta y cuidadosa de las palabras expresadas por el presidente Sebastián Piñera, un empresario y político claramente situado a la derecha del espectro político chileno, como en su momento Arturo Alessandri Rodríguez, con ocasión del cambio de gabinete, primer gran efecto político de las jornadas insurreccionales a los que aún no se le conocen saldos ni se reconocen autorías, y que todavía continuaban destrozando otra más de las 25 estaciones de Metro incendiadas y devastadas en los luctuosos sucesos a los que dicho cambio de gabinete pretendía responder, puede dar lugar a graves malentendidos. Chile, según el reclamo de los chilenos insurreccionados, aceptado sin discusión y asumido mansamente por el líder de la derecha chilena, no ha sido hasta ahora justo ni solidario, sino indigno y abusador, sin igualdad de oportunidades, colmado de privilegios, sin paz ni prosperidad. O, cuando menos, con muy bajos niveles de satisfacción.