Letras de Guatemala

La patria ha sido fuente de inspiración constante para los escritores nacionales, quienes a lo largo del tiempo han tomado distintos pasajes, escenas y recuerdos para recrear con su pluma el terruño, la selva, las leyendas o el paisaje.
Son también los olores, los sabores, las costumbres y leyendas que forman parte de ese mundo que cada uno de estos escritores lleva en el corazón y que, a través de la literatura, ha logrado plasmar con ingenio la esencia del guatemalteco.
A continuación presentamos una selección de textos de doce autores nacionales, partiendo desde el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, así como novelistas de los siglos XIX y XX que tienen como hilo común la inspiración del país que los vio nacer, y que han significado una digna representación de nuestro país fuera de nuestras fronteras.

Guardianes de todos los bosques

Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles, guardianes de los bejucos.

Y dijeron los Progenitores:

– ¿Sólo silencio e inmovilidad habrá bajo los árboles y los bejucos? Conviene que en lo sucesivo haya quien los guarde.

Así dijeron cuando meditaron y hablaron en seguida. Al punto fueron creados los venados y las aves. En seguida les repartieron sus moradas a los venados y a las aves.

– Tú, venado, dormirás en la vega de los ríos y en los barrancos. Aquí estarás entre la maleza, entre las hierbas; en el bosque os multiplicaréis, en cuatro pies andaréis y os sostendréis–. Y así como se dijo, se hizo.

Luego designaron también su morada a los pájaros pequeños y a las aves mayores:

– Vosotros, pájaros, habitaréis sobre los árboles y los bejucos, allí haréis vuestros nidos, allí os multiplicaréis, allí os sacudiréis en las ramas de los árboles y de los bejucos–.

Así les fue dicho a los venados y a los pájaros para que hicieran lo que debían hacer, y todos tomaron sus habitaciones y sus nidos. De esta manera los Progenitores les dieron sus habitaciones a los animales de la tierra. Y estando terminada la creación de todos los cuadrúpedos y las aves, les fue dicho a los cuadrúpedos y pájaros por el Creador y el Formador y los Progenitores:

– Hablad, gritad, gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra especie, según la variedad de cada uno–. Así les fue dicho a los venados, los
pájaros, leones, tigres y serpientes.

– Decid, pues, vuestros nombres, alabadnos a nosotros, vuestra madre, vuestro padre. ¡Invocad, pues, a Huracán, Chipi-Calculhá, Raxa-Calculhá, el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, el Creador, el Formador, los Progenitores; hablad, invocadnos, adoradnos!– les dijeron.
Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo chillaban, cacareaban y gramaban; no se manifestó la forma de su lenguaje, y cada uno gritaba de manera diferente.

Cuando el Creador y el Formador vieron que no era posible que hablaran, se dijeron entre sí:

– No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus creadores y formadores. Esto no está bien–, dijeron entre sí los
Progenitores.

Entonces se les dijo:

– Seréis cambiados porque no se ha conseguido que habléis. Hemos cambiado de parecer: vuestro alimento, vuestra pastura, vuestra habitación y vuestros nidos los tendréis, serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido lograr que nos adoréis ni nos invoquéis. Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros [seres] que sean obedientes. Vosotros aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán trituradas. Así será. Esta será vuestra suerte–.
Así dijeron cuando hicieron saber su voluntad a los animales pequeños y grandes que hay sobre la faz de la tierra.

Luego quisieron probar suerte nuevamente; quisieron hacer otra tentativa y quisieron probar de nuevo a que los adoraran.

Pero no pudieron entender su lenguaje entre ellos mismos, nada pudieron conseguir y nada pudieron hacer. Por esta razón fueron inmoladas sus carnes y fueron condenados a ser comidos y matados los animales que existen sobre la faz de la tierra.

Así, pues, hubo que hacer una nueva tentativa de crear y formar al hombre por el Creador, el Formador y los Progenitores.

Popol Vuh,
traducción Adrián Recinos

El chapín

“El chapín es un conjunto de buenas cualidades y defectos, pareciéndose en esto a los demás individuos de la raza humana pero con la diferencia de que sus virtudes y sus faltas tienen cierto carácter peculiar, resultado de circunstancias especiales. Es hospitalario, servicial, piadoso, inteligente; y si bien por lo general no está dotado del talento de la iniciativa, es singularmente apto para imitar lo que otros hayan inventado.

Es sufrido y no le falta valor en los peligros. Es novelero y se alucina con facilidad; pero pasadas las primeras impresiones; su buen juicio natural analiza y discute, y si encuentra, como sucede con frecuencia, que rindió el homenaje de su fácil admiración a un objeto poco digno, le vuelve la espalda sin ceremonia y se venga de su propia ligereza en el que ha sido su ídolo de ayer. Es apático y costumbrero; no concurre a las citas, y si lo hace, es siempre tarde; se ocupa de los negocios ajenos un poco más de lo que fuera necesario y tiene una asombrosa facilidad para encontrar el lado ridículo a los hombres y a las cosas. El verdadero chapín (no hablo del que ha alterado su tipo extranjerizándose), ama a su patria ardientemente, entendiendo con frecuencia por patria la capital donde ha nacido; y está tan adherido a ella, como la tortuga al carapacho que la cubre.

Para él, Guatemala es mejor que París; no cambiaría el chocolate, por el té ni por el café (en lo cual tal vez tiene razón). Le gustan más los tamales que el vol-au-vent, y prefiere un plato de pipián al más suculento roastbeef. Va siempre a los toros por diciembre, monta a caballo desde mediados de agosto hasta el fin del mes; se extasía viendo arder castillos de pólvora; cree que los pañetes de Quezaltenango y los brichos de Totonicapán pueden competir con los mejores paños franceses y con los galones españoles; y en cuanto a música, no cambiaría los sonecitos de Pascua por todas las óperas de Verdi. Habla un castellano antiquísimo: vos, habís, tené, andá; y su conversación está salpicada de provincialismos, algunos de ellos tan expresivos como pintorescos. Come a las dos de la tarde: se afeita jueves y domingo, a no ser que tenga catarro, que entonces no lo hace así le maten; ha cumplido cincuenta primaveras y le llaman todavía niño fulano; concurre hace quince años a una tertulia, donde tiene unos amores crónicos que durarán hasta que ella o él bajen a la sepultura”.

José Milla y Vidaurre
(Cuadros de costumbres)

El eclipse

Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había opresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
– Si me matáis –les dijo– puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Augusto Monterroso (Obras completas y otros cuentos)

No amamos nuestra tierra por grande y poderosa

No amamos nuestra tierra por grande y poderosa, por débil y pequeña, por sus nieves y noches blancas o su diluvio solar. La amamos, simplemente, porque es la nuestra.

En su territorio hay una región que es la región de nuestra infancia. Y en tal región, una ciudad o un pueblecillo. En el pueblecillo, una casa. En la casa, cuatro paredes viejas y manchadas, con muebles rústicos hechos por el carpintero de la familia, con árboles que nos dolió verlos abatir. En medio de la casa, una fuente de la cual nunca dejaremos de escuchar el canto.

Todo se va replegando hasta llegar de la caja más grande a la más pequeña, del mundo a las cuatro paredes de la infancia, hasta la cuna y el ataúd. La tierra que caerá sobre esas cuatro tablas, cuando estemos de vuelta a geranios y quiebracajetes y nos empinemos en los árboles, es la tierra más dulce que existe. La niñez va corriendo como un arroyo que canta. Remontamos la corriente hasta el manantial. Hasta el amor de nuestros padres. No amamos nuestra tierra por hermosa, por alegre o triste. Por su leyenda o su primitiva felicidad sin historia. La amamos porque es la nuestra.
Luis Cardoza y Aragón (Guatemala, las líneas de su mano)

Yo no quisiera ser de aquí

Yo no quisiera ser de aquí.

Amo, con todo lo que soy, este suelo y su gente. Por eso mismo, sufro de manera atroz. Por eso mismo me duele hasta el aire que pasa. Por eso mismo no quisiera estar aquí.

No quisiera ser de aquí. No quisiera amar tanto a este país, a esta gente.

El amor se me transforma en dolor. Y eso no es justo.

El amor ha sido siempre alegre, constructivo, sinónimo de felicidad y de optimismo.

Yo amo mi país. Y es un amor triste, impotente, infeliz, que me duele, que todos los días tiene nuevas llagas, que siempre está más y más crucificado.
Veo su mapa cercenado, una y otra vez. Veo su historia de burlas crueles, sangrientas. Veo su geografía amenazada por el planeta. Veo a sus moradores misérrimos, ignorantes, enfermos, raquíticos, hambrientos. Veo su suelo ubérrimo, inútilmente ubérrimo, para la mayor parte de sus habitantes. Veo su violencia, progresiva, galopante. Veo, siento, vivo su tragedia
incesante. Y me duele.

Me duele tanto como me duele decir, “yo no quisiera estar aquí”, “yo no quisiera ser de aquí”.

Porque ser de aquí es una enfermedad incurable. Uno se va, y entonces la nostalgia. Uno se va, pero las noticias lo persiguen, los ojos buscan siempre un algo de aquí, la distancia castiga. Uno se va. Pero aunque se vaya, no se va: uno anda llevando su Guatemala adentro, como un amado cáncer, como una idea fija, como un verde corazón que siempre duele al palpitar y que palpita siempre.

Yo no quisiera estar aquí. Yo no quisiera ser de aquí.

Y aunque me duele el dolor del mundo, perdonéseme, pero me duelen menos otros países, que este.

Me voy a veces. Me meto en un libro y me voy. Tomo un pasaje de canción o recuerdo y me voy. Escribo una carta, me meto con ella en el sobre, me pongo en el correo y me voy. Pero dura muy poco mi viaje: desde adentro de mí mismo este país –este pequeño y cruel país– , se me hace presente, me sangra, me duele.

Cuánto amor en el dolor. Cuánto dolor en el amor.

Qué dura eres, Guatemala.

Manuel José Arce (Diario de un escribiente)

Construcción de la marimba

Patrocinio Raxtún llegó a la selva al comenzar a envejecer. Era originario de una región de guardabarrancas y palos voladores, y había dejado aquel mundo porque todos sus bienes materiales consistían en tres naranjales averiados por el tiempo. Sabía tocar marimba desde la niñez; pero las preocupaciones cotidianas por una riqueza expuesta a las vicisitudes de la luz y a la voracidad de las migraciones, no le habían dejado ocasión para la música. Buscando la felicidad, a lo largo de semanas había descendido por la vertiente húmeda de Los Cuchumatanes, hasta internarse en el ruidoso universo de los loros de invierno.

Por los días en que cesan las lluvias torrenciales llegó a un poblado antiguo, en las márgenes del Chixoy, donde parecía no haber nadie. La vida transcurría a la sombra de grandes árboles de zapote. Allí habilitó una vivienda abandonada, raspó los horcones florecidos y organizó una economía inaccesible a las leyes mercantiles y a las especies depredadoras del aire. Las manadas de monos que desde la soledad espiaban las cosas de los hombres, vieron cuando la boa ratonera que hasta entonces había ocupado la vivienda se iba del lugar imperceptiblemente.

En cuanto hubo resuelto sus necesidades materiales, el maestro músico inició la construcción de una marimba. No quería regresar a la soledad sin pájaros de la muerte antes de haber ordenado en el tiempo la matemática triste que lo desvelaba. Sabía que en la selva hay variedades afortunadas de madera que pueden convertirse en instrumentos de percusión, gracias al entendimiento. La fabricación de marimbas se basa en ecuaciones viejas de la memoria que le permiten al hombre volver asunto de la inteligencia el material de que están hechos los quiebracajetes. De ahí que al llegar la época en que los loros aturden temprano la realidad, Patrocinio Raxtún se internó en el bosque, en busca de palo de hormigo. Es esta una especie sonora que a pesar de su raigambre lluviosa y su vocación de canario, hace revirar el hacha. Dos días le llevó tumbarlo y separar un trozo suficiente para obtener veintiséis teclas, asediado por enjambres de abejas que transformaban en formas dulces de energía la sal del trabajo físico ordinario.

Lo que siguió a continuación fue obra de la intemperie y de los días. El trozo de hormigo desprendió la corteza por sí mismo, asimiló la luz y expulsó de sus tejidos toda posibilidad de florecimientos posteriores. Al golpearla en septiembre con el cabo del hacha, la madera tenía la resonancia de una botella vacía. Entonces el maestro músico colocó el trozo sobre dos trípodes de horcones, y bajo un cielo de urracas se dedicó a aserrarlo, hasta obtener el tablón de dimensiones y grosor adecuados para el objeto. Luego, siguiendo el hilo de la madera, cortó veintiséis piezas en proporción decreciente, guiándose por un modelo ideal que en el espacio de las cosas tangibles habría de ocupar tres cuartos de brazada. Concluido el oficio grande, se aplicó a la labor de precisión de las teclas.

Hay relación exacta entre la edad de la madera y el timbre del sonido que produce; pero esta proporción también depende del volumen del tejido vegetal que por unidad sonora es sometido a percusión. De ahí que con cada pieza resultó necesario desbastar espesores al oído y calcular posiciones de memoria, hasta obtener los equivalentes materiales de una escala medida con el pensamiento. El valor musical de la tecla mayor lo estableció arbitrariamente, tomando como referencia los ruidos grandes de la realidad y reduciéndolos luego a dimensiones cotidianas. Cuando esta primera tecla estuvo lista, el sonido que produjo era semejante al de los goterones de mayo en los tejados de la altiplanicie.
Mario Payeras (Historia del maestro que tardó toda la vida para construir una pieza de marimba)

Mi poquito de agua, mis pestañas, mi flor

La descubrió detrás de las tinajas de Santa Apolonia que usaba la familia, igual que todos los zutuhiles que se aprecian. Tenía una chispa de venado en los largos ojos, tan negros que hacían brillar la córnea como un diente campesino (…)

Tenía la muchacha un brillo mineral en los pómulos y en la risa que tapaba con la mano como si temiera mostrar su desnudez. El pelo le bajaba en dos trenzas compactas. La curva de la tinaja sesgaba bajo el cuello, haciéndole forma de hombros y de cuerpo macizo.

La había visto dos veces en la cuesta con la tinaja sobre la cabeza, moviéndose con ritmos vegetales y agitando de intento los flecos del rebozo. Si hubiera sido indio la habría detenido junto a la roca azul de pura vieja que había vomitado el volcán hacía cuatro siglos y le hubiera dicho todo eso que sabía de memoria en la lengua de la zona: “Mi poquito de agua, mis pestañas, mi flor”.

Pero él era el médico del pueblo, y tenía la piel de los Conquistadores y el paso con rechinar de clavos; paso de violador de mujeres, como los soldados de la cruz y de la hoguera que consumió herejes y gente con la garganta cerrada de protestas; como los dueños de finca, el Mayor de Plaza y el habilitador de mozos. Piel de ladino, hervorosa de lujuria.

Además, la muchacha hubiese echado a correr o se hubiera reído en su cara. O le hubiera dicho: “Callate, tenés lengua mentirosa. Aparte son los ladinos, aparte son los naturales”.

Mario Monteforte Toledo
(Donde acaban los caminos)

Un silencio secreto

Rascan sus élitros los grillos. El cielo profundo, océano vasto y negro.

El pueblo se está quedando atrás. El silencio le da miedo. Todas las noches le da miedo el silencio. Ladra un perro. Responde otro. Suben los ladridos en la noche a lamer las nubes. Luego, como que los perros se olvidan o se duermen y es de nuevo silencio. Lo malo es que es silencio sin luz, sin alegría, sin colores. Un silencio secreto.

En la oscuridad el camino de tierra como que brilla. Todo lo blanco brilla. La pared del cementerio, un murito encalado en el que de día juegan a esconderse, ahora es un listón fosforescente. Los dos hombres se persignan al pasar frente a los muertos. Benito los remeda. Esa noche los remeda en todo. Hay en su memoria muchas cosas, como animales dormidos, que deben ir despertando según los vaya viendo en esos hombres con los que va al Santo Monte. Nació olvidando.

Los pasos de los hombres son lentos y, no obstante, Benito tiene que pegar la carrera cada vez que lo dejan atrás. Se pone furioso cuando tiene que andar con la gente grande. Muchas veces, antes de acostarse cierra los ojos con fuerza y se imagina que, al día siguiente, va a despertar crecido con la memoria de los años pasados. Pero ahora que van dejando el pueblo a las espaldas, más corre para andar como pegoste con los dos hombres que caminan susurrando, cuando no en silencio. Será poco el miedo que tiene y además la tierra está oscura, y el monte apenas se
distingue contra el cielo negro.

Dante Liano
(El misterio de San Andrés)

El carruaje de Sixto Pérez

–Todo esto –dijo– sucedió después de la Revolución de 1871, que derrocó al gobierno de los “cachurecos”, llamado de los 30 años, y cuando hacía poco que había subido a “la Guayaba” el general don Justo Rufino Barrios, don Rufo, como lo llamaban todos, y quien quería mucho a los humildes y odiaba a los aristócratas. Este señor, al no más subir al poder, dispuso que salieran de Guatemala, para bien de ella, los frailes, monjas y padres que había en los conventos. Como él mismo no podía ejecutar sus órdenes, comisionó para que las llevara a cabo a Sixto Pérez, a quien, por su color, llamaban Sixto Negro, personaje en quien había depositado mucha confianza. Este no solo las cumplió, sino que dicen que se excedió en ellas; pero esto no viene al caso, y sigamos con la historia.

Un Viernes Santo, llevada en hombros por los cucuruchos de la Hermandad de Jesús Sepultado de Santo Domingo, salió de ese templo la procesión del Santo Entierro. Esa misma procesión que sale ahora a las tres de la tarde y que recorre media Guatemala.

Cuando la urna del Señor, adornada de flores y zahumada de incienso, venía por la esquina de esta misma calle (nuestra casa se hallaba situada en la once avenida norte y quinta calle), frente al atrio de la Merced, cuyas matracas imponían majestad a la procesión, se dejó venir sobre ella, como un huracán, un carruaje tirado por dos briosos caballos negros, adentro del cual iba gritando y cantando don Sixto Negro, a quien acompañaban varias mujeres malas que rompían el tradicional silencio de ese día con sus risotadas y cantos.

Los cucuruchos, ante el inesperado atropello, dejaron caer al suelo la anda, rodando por él la imagen, que si no se hizo trizas fue por un puro milagro… Sixto y sus acompañantes se perdieron entre la polvareda que se levantó y las maldiciones y candelazos que alcanzaron a tirarles algunos cucuruchos.
No habían pasado dos semanas de que esto sucediera, cuando se supo en Guatemala, que Sixto había desaparecido. Lo buscaron por todas partes; y nada: en su cuarto solo encontraron un fuerte y penetrante olor a azufre. Mi nanita, que Dios la tenga en su santa Gloria, contaba que se lo llevó el Cachudo, con ropa y todo, dejando para el recuerdo, de que había estado por allí, la jediondez en el cuarto.

Desde entonces, m’hijo, a esta hora, que es la hora en que salen las ánimas a cumplir sus penitencias por el mundo, la de él sale a pasearse por las mesmas calles en que cometió su desacato; y lo hace en el mesmo carruaje, que va tirado por dos caballotes negros, que van echando chispas por la boca y haciendo sobre los empedrados: ¡Pelenguén, pelenguén!

Francisco Barnoya Gálvez

(Cuentos y leyendas de Guatemala)

Ven conmigo a Guatemala

Treinta años van a cumplirse desde el día en que abandoné la casita florida en que nací. ¡Treinta años!… Y todavía ahora, en los momentos de vaga melancolía, oigo el murmullo de la fuente que cantaba en mi patio blanco su eterna canción de cristal… Todavía oigo el concierto de turpiales que en las mañanas de la perpetua primavera americana despertábame dándome consejos de amor.

Dicen que la ciudad había cambiado en estos últimos veinte años, convirtiéndose en una de las más hermosas capitales de América.
Estoy seguro, no obstante de que siempre conservaba la gracia andaluza de sus rejas y de sus surtidores, la languidez voluptuosa de sus jardines, la alegría de sus ventanas floridas, la elegancia severa de sus tapias blancas, la animación de sus tardes de rosa y oro. Yo, por lo menos, así la sueño siempre, y así pensaba verla algún día antes de morir. ¡Cuántas veces, en mis horas de nostalgia, una voz interior me murmuraba, en el fondo del alma, una invitación al retorno hacia los lares lejanos, cuya imagen era una promesa de paz, de dulzura, de quietud espiritual! “Ven, ven pronto, decíame esa voz.” Yo lo dejaba para más tarde, para después de un libro… para después de un idilio… para después de la guerra… Al fin y al cabo, una ciudad tiene siempre tiempo de esperar a un hijo pródigo.

Sin embargo, mi deseo de volver, aunque no sea sino para pasar allá una semana, me atormenta ahora tanto como antes. Después de orar en el sepulcro de mi madre, rezaré ante la tumba de la Ciudad entera… Y, además, encontraré siempre el mismo sol, las mismas flores… El espectáculo de la impasible alegría de la Naturaleza flotando sobre los lugares trágicos, que tantas veces me ha sorprendido en las aldeas de Alsacia y de Marne, allá se convertirá en un cuadro formidable. ¿Qué son las apoteosis solares de Europa, en efecto, comparadas con las iluminaciones de los trópicos? En Guatemala el sol no se contenta con ser un modesto dorador, sino que envuelve el espacio entero en un raudal de pedrerías y baña los objetos en matices de esmalte. ¡Tú, que tanto hablas de los reflejos de Sevilla, querido Manuel Machado, ven conmigo a Guatemala y comprenderás lo que es vivir en una copa de luz!

¡Ah! !La belleza incomparable, la belleza casi inverosímil de la meseta de Santiago de los Caballeros! “Es el jardín del continente!, ha dicho Rubén Darío. Es un jardín de ensueño, en efecto; un jardín ideal, un jardín que no conoce ni la melancolía de los otoños, ni la agonía de los inviernos, y que vive en una perpetua primavera, bajo un sol que no es de fuego sino de oro, bajo un cielo cuyas estrellas, más numerosas y más brillantes que las de Europa, parecen animadas por las armonías pitagóricas. Es un valle de abriles, en el que los naranjos tienen las proporciones gigantescas de los robles centenarios, en el que los jazmines y los claveles, las anémonas y los iris cubren la tierra rosa de una alfombra de cuento de hadas, en el que los árboles que carecen de flores propias se adornan de orquídeas fantásticas…

Maeterlinck, que me oye a menudo hablar así, me dice sonriendo con su sonrisa de niño:
– Vamos a morir allá…

Pero no es aquella una comarca para morir, sino para vivir. Con su exuberancia de savia, el suelo guatemalteco tiene algo de paradisíaco, en el sentido bíblico de la palabra. Su atmósfera está siempre impregnada de vida, de deseos, de voluptuosidad y de bienaventuranza. Los mismos temblores que, de siglo en siglo, destruyen sus pueblos, son las demostraciones trágicas del fuego vivificador de sus entrañas.

Enrique Gómez Carrillo
(El Despertar del Alma)

Cuatro Ojos

Porque este Lish Zenzeyul, cuyo nombre traducido al castellano significa Andrés Cuatro Ojos, hacía cinco años que se había ido por el ancho camino de agua hacia las misteriosas tierras peteneras… Su camino de agua lo había dejado en Sayaxché, para adentrarlo en el verde corazón de las sabanas, tórridas en verano y húmedas en invierno, sempiternamente salpicadas de árboles de nance, de sajabe y de güiro, que había atravesado cientos de “succhés” enmarañados; que había visto el nacimiento del Subín en la pradera del Chiquibul y había aventado su mirada incansable hasta el confín del llano y el cielo en las llanuras de Ixpetó, en las sabanas de Cananteíl y había contemplado el nacimiento del sol en las montañas Mayas desde las cumbrerías de Mejen-cholol …

Más tarde se había unido a los jatos chicleros y, trabajando siempre, sudando siempre, recorrió las grandes extensiones selváticas más al norte, deambulando por Fallabón, Carmelita, Uaxactún, Tres Lagunas, Río Azul, Paso Caballos, Río San Pedro, Río Escondido, Naranjo… Cientos y cientos de leguas de selvas sin nombre, donde el hombre tampoco tenía nombre ni importaba que lo tuviese, cabalgando siempre en el escurridizo chicozapote para extraer el chicle y pasando alternativamente pobrezas miserables y bonanzas efímeras… Pero Lish Zenzeyul, es decir, Andrés Cuatro Ojos, hizo durante esos cinco largos años un derroche magnífico de su nombre, usando, en verdad, sus cuatro ojos para escudriñar los cuatro ángulos del suelo selvático y los cuatro ángulos de su firmamento… Nada escapó a su mirada, que sabía traducir las imágenes de luz en imágenes invisibles del espíritu y la mente… Aquellas imágenes que se grababan en sus retinas eran mantenidas celosamente en el archivo de su corazón, en donde su pensamiento las traducía más tarde y les daba su verdadero significado.

Virgilio Rodríguez Macal
(El mundo del misterio verde )

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Author: Maria Suarez