Paseo por Sevilla, sin prisa, en uno de esos anocheceres tibios y tranquilos que ni siquiera las hordas de turistas en calzoncillos, que todo lo arrasan como plaga de langosta, logran desgraciar. Vengo de tapear en Las Teresas, camino del hotel Colón, que es mi casa aquí de toda la vida, y en un semáforo me encuentro con un fulano rubio que está hablando por teléfono y que, al verme, se lo mete en un bolsillo y los dos nos fundimos en un abrazo muy fuerte. Una de las razones de ese abrazo es que hace demasiados años que no nos veíamos. La otra es que, sin ser amigos, nos queremos mucho. Hace tiempo pasamos juntos dos semanas, cuando yo aún hacía reportajes. Se llama Juan PRuiz Espartaco, y fue torero. Suponiendo que un torero deje de serlo alguna vez.