El pasado fin de semana se cumplieron 30 años de la caída del muro de Berlín. Tras décadas de ser invulnerable, trastornado y grotesco, cedió a la necesidad de unir a una misma nación y compartir ideales correctos. Fue desgajado por el mismo pueblo a porrazo limpio y con la fe entrañable de que todo cambiaría.