De pronto, miles de personas en todo el país sintieron, al término de una jornada de marchas que se había iniciado pacíficamente y terminaba desbordada por unos vándalos desenfrenados y criminales, que un cacerolazo era la síntesis perfecta para insistir en razones legítimas de inconformidad y, simultáneamente, rechazar la acción de los terroristas y violentos que, encarnados en el cuerpo de encapuchados cobardes, vandalizaban las ciudades de Bogotá, Cali y Facatativá.