Vine al mundo en pleno invierno, una noche fría y lluviosa de fines de junio en la maternidad pública San Vicente de Paul, en la Avenida Panteón, del barrio Independencia, de Santiago, a tres cuadras de la casa de mis padres: San Luis 1470. Fui el cuarto de sus siete hijos y el segundo y último de sus varones. Llegué a casa en brazos de mi madre, orgullosa de su cuarto hijo parido a sus treinta años. Blanco, pelirrojo y pecoso, herencia genética aportada a nuestra familia por la abuela paterna de origen vascofrancés, Olga Goguel Godomar, casada con mi abuelo José Miguel Sánchez Valdés. De sus siete hijos, tres salimos “colorines”: Olga, la mayor, ya fallecida, yo y la Anita, la sexta de la camada. Un motivo de excepcionalidad en un país en el cual dicha característica es una rareza.