De niño estaba convencido que la estrella de Belén existía y trazaba el recorrido glorioso hacia el pesebre. Que emprendía su operación valerosa de posarse y recibir la luz de Jesús. Por eso era tan brillante. Ese niño incandescente le llenaba de energía para cumplir con su misión de iluminar derredor y más allá. Tamaña proeza. Ya no habría reyes magos confundidos, sin brújulas para la época, pero con una guía sincera en el cielo.