Cuando el 23 de mayo de 1968, en familia, celebrábamos mis 18 cumpleaños, el tema predominante de conversación, entre mis padres y tíos, era La Primavera de Praga. Jamás olvidaré aquella escena encendida de debates entre el menor de mis tíos, Luis Felipe Capriles, fajado en un duelo de argumentos con su hermano mayor, Miguel Ángel Capriles. Fue una etapa de emancipación política y de revueltas multitudinarias en Checoslovaquia, signado como estado socialista, una vez finiquitada la segunda guerra mundial. Fue un ciclo que arrancó el 5 de enero de 1968 y fue cerrado el 21 de agosto de ese mismo año. Mi tío Luis Felipe desmenuzaba las maniobras de la Unión Soviética, entrelazada con otras piezas del Pacto de Varsovia, para consumar las acciones represivas contra aquel aluvión de reformas, que tenían como detonante los propósitos del líder de esa Primavera, Alexander Dubcek, de otorgar derechos adicionales a los ciudadanos de Checoslovaquia en un arresto de descentralización comedida de la economía y pinceladas de democratización.