Cuando un país se aleja de la legalidad va, inexorablemente, camino a la anarquía. Eso es lo que se ve en Venezuela. Un país manejado con base a caprichos, donde la Constitución termina siendo un estropajo que sólo es citada, cuando se quiere hacer referencia a la “gesta constituyentista” que antojadizamente organizó Chávez en 1999, saltándose a la torera todas las normas legales que eran de obligatoria observancia. “La ley soy yo”, hacia ver Chávez, como también en todos esos dictadorzuelos como Maduro, para quienes los circuitos jurídicos son un fastidio y un estorbo para sus pretensiones continuistas. Por eso todos terminan haciendo lo mismo: modifican esas leyes “a su leal saber y entender”. Montan parapetos institucionales para darle apariencia de legalidad a los fajos de artículos que redactan y aprueban en sus asambleas paralelas.