No tengo ni la más mínima duda de que dentro de cinco, seis o siete décadas se hablará de los años 10 y 20 del siglo XXI como del periodo más insondablemente estúpido de la historia de la cultura occidental. Como una pequeña edad de hielo de la inteligencia en la que las sandeces, las catetadas y la arrogancia más cretina se apoderaron temporalmente de la política y de la cultura, y en la que miles de adultos compitieron entre ellos por completar la regresión más perfecta e irreversible posible a su estado natural primigenio de berza con dientes.