Ha sido un brutal atropello de minusvalía intelectual, una prueba de supina ignorancia y un trágico malentendido de los venezolanos suponer que el golpe de Estado militar del 4 de febrero de 1992, expresamente orientado a liquidar el más importante y trascendental esfuerzo emancipador social, político, económico y cultural llevado a cabo bajo los más estrictos cánones institucionales por el presidente legítimo de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, cuyos benéficos e indiscutibles efectos sobre la sociedad venezolana fueran premiados y puestos de relieve por los participantes del Encuentro de Davos en enero de 1992, – el mayor crecimiento interanual del PIB en todo el mundo – un 10% – , una cesantía del 6% y una inflación moderada – tenía la intención de seguir el ejemplo de Fidel Castro cuando el asalto al Cuartel Moncada y daba inicio a la que sus autores, cuatro teniente coroneles conjurados con sectores reaccionarios de la civilidad, encabezados por el periodista José Vicente Rangel, el fiscal Ramón Escobar Salom, el intelectual Arturo Uslar Pietri y el ex presidente Rafael Caldera, entre muchos otros, dieron en llamar “revolución bolivariana”. La de Hugo Chávez, Francisco Arias Cárdenas y otros oficiales medios de la FAN fue todo menos una revolución. Fue un levantamiento armado de corte nazifascista, como bien lo definiera el carapintada neofascista argentino Norberto Ceresole, que pretendió el asalto al Poder mediante la movilización de las fuerzas militares de tierra y aire y el asesinato del presidente constitucional de Venezuela, el mismo Carlos Andrés Pérez, ametrallado en el Palacio Presidencial de Miraflores, recibido del regreso de Davos en el aeropuerto de Maiquetía con los trágicos hechos ya en pleno desarrollo. Ante la absoluta pasividad, sea dicho en honor a la verdad, de un pueblo irresponsable e inconsciente del destino que se estaba jugando y por el que pagaría con la peor crisis humanitaria de la historia de América Latina. No iban los conjurados tras el fin de su gobierno: iban, y continúan yendo, tras el fin de la República. Con la aviesa complicidad del castro comunismo cubano yhemisférico, tolerado por todos los gobiernos del mundo. Incluso el de los Estados Unidos.