El Estado venezolano murió. Esta, lo sé muy bien, es una afirmación que por absoluta podría ser tachada de temeraria, pues la existencia y la evolución de una convención social compleja no es un tema que pueda despacharse de manera fácil con posturas en blanco y negro. Sin embargo, la realidad venezolana parece dar muestras más que elocuentes que resultan de suma utilidad para esclarecer el acta de defunción del Estado.