Yo ya no sé muy bien lo que es hoy la izquierda, pero sé lo que ha sido durante toda la vida. La izquierda era, sobre todo y por encima de todo, una voluntad, la voluntad de transformar la sociedad en un sentido igualitario inspirado por el principio universal de la ciudadanía. Por eso, y también durante toda la vida, para aquella izquierda de antes que los que militamos en ella no sabemos reconocer hoy, una mujer, cualquier mujer, era, ante todo y sobre todo, un ciudadano. Un ciudadano cuyos derechos sociales y civiles la izquierda tenía que defender, pero no por su contingente singularidad de género sino por su fundamental condición de ciudadano. De ahí que para aquella izquierda tradicional, la ahora desaparecida en combate, los oprimidos siempre fuesen concebidos como un todo único, no como el agregado de una inconexa multiplicidad de identidades particulares y excluyentes cuyos intereses resultasen ajenos entre sí. La Internacional, que era el himno de aquella izquierda difunta, apelaba en su letra a un solo género, el género humano.Y no por casualidad.