Ya decíamos la semana pasada que el lema de los revolucionarios franceses era “Liberté, égalité, fraternité, ¡ou la mort!”, y que aquella revolución estuvo bien lejos de las ideas románticas con la que se le recuerda hoy en día. En realidad, aquello fue un baño de sangre en toda regla, que empezó exigiendo víctimas católicas y terminó devorando a sus ideólogos; no en vano aquello de “Las revoluciones se comen a sus hijos”, aunque lo correcto sería “A sus padres”. Lo cierto es que a la Revolución le siguió el Régimen del Terror, y allí no se salvó nadie que tuviese alguna cuenta pendiente con quienes detentaban el poder, que también terminarían por perderlo, debiendo enfrentar entonces una justicia que sabía a venganza, en manos de sus otrora víctimas, ahora transmutados en los dueños de la vida y la muerte.