Hay gobernantes que menospreciaron la expansión del coronavirus, creyéndolo algo demasiado circunstancial, quizá un antojo de los países más poderosos que desean arrinconar a China. Mientras que la emergencia planetaria arrancó con el saldo trágico y asombroso de muertos, en Ciudad de México dijo comérsela López Obrador con sus desplantes, sin ni siquiera aparecer con una mascarilla que es lo menos que se esperaba del gobernante que lo es, si es capaz de convertir cualquier gesto en un instrumento pedagógico. Ahora vemos el terrible saldo del descuido con Ecuador, a la vez que prosiguen los miles de muertos en Irán. Alguien podrá argüir que la Europa Occidental, sobre todo Italia, demuestra que la pandemia no distingue entre países organizados y desorganizados. En principio, es verdad, pero sólo en principio. Hay voces que advierten lo ocurrido en la península como parte de un fenómeno del desarrollo de las últimas décadas: más baratas, por ejemplo, las maquilas asiáticas produjeron todas las mascarillas del mundo, mientras que los países occidentales quedaron desprovistos ante la llegada del peligroso huésped.