La pandemia de la enfermedad del coronavirus 2019 (COVID-19, en terminología de la Organización Mundial de la Salud), neumonía de Wuhan o virus chino, prefiero este último nombre, ha develado la fragilidad de la existencia humana. Y no me estoy refiriendo a los efectos clínicos y epidemiológicos de la enfermedad, ya de por sí bastantes graves. Hablo de las consecuencias personales, sociales, económicas y políticas de la cuarentena, eufemísticamente llamada “aislamiento social”. En la medida que en cada país aumenta la tasa de contagios, se están imponiendo cuarentenas cada vez más estrictas. Y justo en esos aislamientos forzosos y prolongados, las personas estamos redescubriendo lo más significativo de nuestra propia humanidad.