El indiscutible papel de modelo productivo y económico prevalente que la globalización ha ejercido durante las tres últimas décadas ya había comenzado a ser puesto en entredicho en los últimos años con amenazas tan directas como el auge del proteccionismo (liderado por el «American First» de Trump y su contraproducente guerra comercial con China) y el auge de los nacionalismos. Pero la crisis sanitaria desatada por el Covid-19, en la que el multilateralismo ha sido señalado además como correa de transmisión, amenaza con dar otro zarpazo al sistema de división internacional del trabajo. Probablemente, el mundo globalizado no sufrirá un «big bang en toda regla», pero sí parece estar escribiendo un punto y aparte en su historia de hegemonía.
«Lo primero que ha hecho el coronavirus es demostrar la fragilidad de las personas, con independencia del lugar geográfico donde vivan. Y también que la globalización, y el andamiaje institucional sobre el que se desarrollan sus flujos, era aún más vulnerables de lo que parecía con los rebrotes previos de nacionalismo económico. Esa fragilidad va a devolver la atención y a poner en primer línea a las políticas de seguridad, que van a ser ahora un factor clave. Especialmente porque, pese a llevar años hablando de estrategias en esta materia e identificando amenazas para nuestra sociedad y modo de vida, hemos descubierto que cuando ha surgido una situación de emergencia no se había hecho nada: ni planes de contingencia ni estrategias mínimamente consensuadas, ni siquiera en países tan integrados como los de la OTAN o la UE», reconoce Javier Moscoso, profesor de Deusto Business School y director de Deusto Asuntos Globales.
De vuelta a casa
La escasez de algunos bienes materiales durante la crisis, con el material sanitario como emblema, y la interrupción momentánea de la producción podrían empujar «a una reflexión profunda sobre la vulnerabilidad de las cadenas de suministro de los países desarrollados, muy dependientes de la producción china de bienes intermedios y de la deslocalización de la producción, de modo que se vayan asentando nuevas prácticas de mayor diversificación geográfica de proveedores (con otros proveedores asiáticos, además de China) e, incluso, una relocalización doméstica de algunas actividades», asegura Antonio Hernández, socio responsable de Internacionalización de KPMG en España. Según publicaba esta semana Die Welt, una encuesta mundial realizada por la consultora EY a 2.900 directivos de todo el mundo refleja que más de la mitad de las empresas consultadas reconocen que ya están tomando medidas para cambiar sus cadenas de suministro.
Miguel Ángel Povedano, director del Máster en Dirección Financiera de ESIC, cree que el impacto del Covid-19 no acabará con un modelo de internacionalización que «ha permitido en las últimas décadas un crecimiento económico sin precedentes». «En un primer momento se verá afectado, pero no puede o no debe ser puesto en entredicho» porque, además de la rebaja de costes que conlleva, «el comercio internacional también permite compartir descubrimientos, tecnologías y crea una competitividad que provoca que las empresas deban avanzar constantemente, de modo que el consumidor puede optar cada vez a más y mejores modos de cubrir sus necesidades». Un mecanismo que permite además mantener un nivel de consumo masivo que puede ser clave para amortiguar el impacto económico de la pandemia, apunta Povedano. «Salvo que estemos dispuestos a retroceder tremendamente en integración comercial, y lo que supone en términos de accesibilidad y precio de productos, la reconcentración nacional de la industria intensiva en trabajo es imposible», coincide Isabel Rodríguez Tejedo, profesora de Economía de la Universidad de Navarra y vicedecana de Ordenación Académica de la Facultad de Económicas.
«La globalización supone interconexión, a todos los niveles. No solo comercial, también tiene efectos en lo medioambiental, lo cultural, en los movimientos de las personas y en la transmisión de crisis. Lo que vemos ahora es una expresión más tangible de los riesgos de estar interconectados. Es posible que al ser más conscientes de estos riesgos veamos un repliegue hacia lo cercano. Es más difícil prever si a medida que pase el tiempo, los beneficios de la interconexión volverán a superar al miedo de los riesgos, aunque parece probable que sea así», concluye Rodríguez Tejedo.
Según un sondeo de EY que recoge el diario alemán Die Welt, la mitad de las empresas están ya tomando medidas para cambiar sus cadenas de suministro
La sombra del proteccionismo se hace cada vez más alargada, en especial en sectores estratégicos. Rodríguez Tejedo recuerda que las llamadas que ahora se oyen para asegurar la producción doméstica de determinados bienes no son nuevas, pero apunta que la lógica de estas «industrias estratégicas» tiene dos inconvenientes: «El primero, es que no sale gratis. Los consumidores (o sea todos nosotros) pagan precios más altos por las cosas que compran, o directamente algunas se vuelven accesibles sólo para los más pudientes. El segundo es que es difícil distinguir qué es “estratégico”». Recientemente, Angela Merkel exigía una mayor soberanía europea en la producción de mascarillas. Pero como recuerda Rodríguez Tejedo, «el problema es que siempre iremos por detrás de la siguiente necesidad. No podemos prever de dónde vendrá el siguiente “cisne negro” del sistema. Podría ser otra enfermedad, un desastre natural o cualquier otro evento que no podemos ni imaginar».
En todo caso, ahora las urgencias mandan. «Puede que China produzca mascarillas de forma más rápida y más barata. Pero si luego no tienes un sistema de comercio internacional que garantice la transparencia y la igualdad de oportunidades te vas a ver obligado a fabricarlas tú y a almacenarlas, aunque sea ineficiente», argumenta Mosoco. Un asunto que enlaza con otra de las evidencias que ha dejado la gestión de la crisis: la debilidad de las instituciones multilaterales, incapaces de armar respuestas unitarias para un virus que devora todas las fronteras.
Respuesta global
«La desconfianza sobre las soluciones globales a una crisis como esta es muy grande, porque se han cometido muchos errores en su gestión. Se han vuelto a erigir fronteras, se han prohibido los viajes, se ha limitado la entrada de extranjeros… y pese a ello todos sabemos que así no se acabará con el coronavirus. Es imposible combatirlo a nivel nacional porque exige otro tipo de soluciones», explica Javier Moscoso.
«Lo que está claro es que la crisis tiene una dimensión global y requiere para la contención de sus negativos impactos económicos, comerciales y financieros de una coordinación mundial, y no sólo de las políticas económicas sino de medidas en todos los ámbitos. Debería aprovecharse la situación para poner en valor las instituciones multilaterales, tal como se hizo en su día en Bretton Woods, cuando se reinstauró el orden económico mundial», coincide Antonio Hernández. «La posibilidad de mejora provendría de un compromiso real, no basado en localismos ante determinadas circunstancias, haciendo una transferencia de determinados poderes y funciones, sin egoísmos políticos nacionales», remarca Miguel Ángel Povedano.
Organismos como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) ya han instado a emprender una profunda reforma en la globalización cuando concluya la emergencia sanitaria para corregir los excesos de un mercado que no siempre está «a favor de la sociedad».
El intento de reducir la huella de carbono y los avances tecnológicos y de los procesos de automatización jugarían un papel clave en ese nuevo concepto de globalización, en el que, como ha demostrado esta crisis, la «presencialidad» deja de ser un elemento esencial. «La movilidad humana siempre será necesaria. La confianza proviene del contacto. Sin embargo, sí hemos comprobado como gran cantidad de recursos y tiempo malgastados en relaciones no necesarias pueden ser ahorrados con el uso de las tecnologías de la información», remarca Povedano. Un desarrollo tecnológico que, como apunta Antonio Hernández, impulsará también una expansión de los intercambios de servicios a nivel global, con independencia de cual sea el futuro a medio plazo de los flujos de bienes. Bajo los efectos de undoloroso «shock», el mundo hiperconectado entra un nuevo capítulo.
China toma las riendas del liderazgo
Además de mostrar la debilidad de los organismos multilaterales, la gestión económica y política de la crisis del Covid-19 también está sirviendo para consolidar una tendencia geoestratégica que ya era muy visible antes del estallido de la pandemia: el creciente protagonismo de China en el tablero del juego de poder e influencias globales. Curiosamente, el gigante asiático sale reforzado de la crisis de la que fue epicentro.
«Trump ya había avisado de que EE.UU. iba a renunciar a su tradicional papel de liderazgo mundial, pero quizá todavía se podía pensar que esto tenía un componente teórico. Pero ahora se ha demostrado que no era solo una hipótesis. Cuando ha surgido una crisis de verdad, que exigía liderazgo y acciones, EE.UU. ha renunciado totalmente a marcar la pauta», explica Javier Moscoso, profesor de Deusto Business School y director de Deusto Asuntos Globales. «Sin embargo, China sí que está poniendo en marcha cierta diplomacia, utilizando su área de influencia más cercana, y también su infraestructura comercial, su industria y su potentísima capacidad científica a la búsqueda de vacunas. Cuesta creer que cuando el virus se extienda por África, EE.UU. o la UE puedan apoyar demasiado. Pero China probablemente sí llegará allí para desplegar material, medicamento, formación… EE.UU. será aún la pieza dominante a nivel global durante mucho tiempo, pero esta crisis hará que el gigante asiático gane mucho más terreno», concluye Moscoso. Una pugna en la que se dirime también la primacía de dos modelos políticos dispares: la democracia liberal patentada por EE.UU. y Europa, basada en los principios de un Estado social y de derecho, y el modelo chino de «prosperidad sin derechos».
En ese pulso, Europa mantiene un papel secundario, señalada además por su estrategia descoordinada frente a la epidemia. «La respuesta de la UE está siendo ampliamente criticada. Más allá de la crisis sanitaria, se plasman diferencias en cómo afrontar la inevitable necesidad de afrontar los efectos económicos de la pandemia. Son preocupantes los paralelismos en la respuesta a esta crisis y la financiera. Es posible que las diferencias de puntos de vista alienten movimientos antieuropeístas que algunos populismos ya han introducido en el Viejo Continente», subraya Antonio Hernández, socio responsable de Internacionalización de KPMG en España.