Todo termina, de alguna manera, pero realmente se transforma. El problema es cuando estos “cambios-históricos” los proyectamos en temporalidad-existencial. Culturas y civilizaciones se mueven en términos de milenios, sociedad y economía y pueblos y naciones y Estados en siglos y la política como expresión visible y superficial de las “fuerzas e intereses” estructurales y coyunturales, en años, décadas y excepcionalmente siglos. De allí que F. Braudel, historiador francés, que estudió la HISTORIA desde las ciencias sociales, hablaba de larga duración (CULTURA en su sentido más amplio: usos, costumbres, creencias, mentalidades, etcétera). Duración media (estructuras sociales y económicas). Y corta duración (política, coyunturas, cotidianidad, modas, innovación-tecnológica, etcétera). De allí que el “mundo y la humanidad van a cambiar después del coronavirus” es una evidente exageración; lo que no significa que “algunas cosas pueden o van a ser diferentes”; incluso nosotros mismos en nuestros hábitos, costumbres y actividades, muchas menos de lo que hoy pensamos. Es como cuando vamos al médico o el 31 de diciembre, “nos prometemos cambiar”. Al mes, en general seguimos siendo los mismos y no puede ser de otra manera, una genética, una personalidad, un carácter, una cultura, unos hábitos, siguen allí, lo que no significa que no podemos cambiar algunas cosas.