C
uando China confinó Wuhan y otras zonas del país para cortar la epidemia, utilizando toda su fuerza de coerción, muchos en las democracias liberales, también sus gobernantes, pensaron que algo así no se podría hacer nunca en sus países. Fue opinión extendida que sólo un régimen dictatorial podía aplicar un cuadro de medidas tan enormemente restrictivo y coercitivo. La propagación exponencial del coronavirus, primero por Italia, después por la mayoría de las democracias europeas, Estados Unidos y otras, forzó un cambio de opinión. Finalmente, casi todas recurrieron a algún tipo de confinamiento. Con distintas modalidades y diferente grado de coerción, pero siguiendo el modelo Wuhan. Y en línea, claro, con la tradición secular de aislar a los infectados y a parte o toda la población.