“Nada Sagrado” se tituló el primer libro que leí sobre literatura Zen. Recuerdo que lo cargaba para arriba y para abajo en un morral de lona. Cuando había que esperar yo pelaba por mi librito. Debo confesar que en aquel entonces me maravillaba por aquello que según yo (eso entendía) era el Zen. En uno de aquellos cuentos un discípulo le preguntaba a su maestro “maestro qué es el Tao” y el maestro en su lecho, me lo imagino moribundo, débil con la voz quebrada y temblorosa venida de ultratumba misma “el Tao es el Tao”. El estudiante, luego de segundos, estupefacto, le replicó incisivo pero humilde, bastante atolondrado y consciente de su ignorancia, además necesitado de sacar del último aliento del maestro la verdad liberadora y unificadora del universo “maestro, qué es el Tao verdadero” A lo cual el maestro respondió “el Tao verdadero es el Tao verdadero”. Ahí habrán quedado aquellas palabras resonantes (me imagino). El maestro finalmente estiró la pata con la misma elegancia que todos aquellos otros que la estiran sin saber qué es el Tao y sin siquiera importarles. Lo asombroso ocurrió luego: el estudiante miró a sus compañeros totalmente confundidos y de pronto cambió el gesto (también me imagino) y gritó “entendí” a lo cual sus compañeros le interrogaron “y entonces, dinos, qué es el Tao” “el Tao es el Tao” “Y qué es el Tao verdadero” “El Tao verdadero es el Tao verdadero”. Así se volvió el sustituto de su maestro.