Vivimos hoy día un tiempo de espera y a la vez un tiempo de gracia. Dios no nos mandó el coronavirus como castigo. Él dispone todas las cosas para nuestro bien, y nos está queriendo decir que cambiemos nuestra forma de pensar para poder cambiar nuestra forma de vivir. Quiere que valoremos en su justa medida el regalo de la vida. La familia se estaba desintegrando, ha llegado la hora de dar el giro y refundarla sobre sus fundamentos verdaderos que habían sido puestos de lado. Con familias bien constituidas construiremos la sociedad que pueda hacerle frente a los desafíos demandantes que se presenten.