Consumido por el prejuicio anti norteamericano que dominaba entre las élites intelectuales chilenas, mero reflejo del odio contra los Estados Unidos que ha carcomido a las élites latinoamericanas desde tiempos bolivarianos, también yo miraba con menosprecio la vida intelectual norteamericana. Compartía la creencia de que el reino de la filosofía estaba en Alemania, que el ombligo de la cultura estaba en Paris y que a la hora de especializarme el destino me empujaba a Europa. De allí que a la hora de decidir entre aceptar una beca que me concediera la OEA en 1963, para estudiar historia en México, o darle curso a la beca que me concediera el Instituto Alemán de Intercambio Académico – DAAD, sus siglas en alemán – para estudiar filosofía en Alemania, no dudara ni un segundo. Con una breve interrupción impuesta por el golpe de Estado que derrocara al gobierno socialista de Salvador Allende, pasé más de diez años en Alemania.