Vengo sosteniendo reiteradamente en mis más recientes artículos de opinión mi honda preocupación por el clima prebélico que afecta al orden mundial desde la aparición del Covid-19 y la profunda crisis de gobernabilidad que ha desatado en los Estados Unidos y en algunas otras potencia europeas y latinoamericanas, como España, Italia, Alemania, Brasil y Chile, en donde sus efectos sobre la parálisis de sus economías ya se traduce en una grave caída de la productividad, solo comparable a los vectores de la Gran Depresión. Nada que sorprendiera inactivos a los factores desestabilizadores del ante trumpismo, víctima propiciatoria del comunismo mundial, puestos en pie de guerra por los demócratas para impedir la reelección del actual presidente en las elecciones presidenciales de noviembre. Un cálculo de probabilidades perfectamente calculable por los principales adversarios de la gran potencia, y en primer lugar a su principal enemigo, la China comunista, productora y difusora del Covid-19 o virus chino, como lo bautizara el presidente Trump. Y que en una jugada maestra y sin disparar un solo tiro han logrado poner de rodillas a la primera potencia mundial. La inmensa gravedad de la pandemia, cuya naturaleza hasta ahora incontrolable y cuyas cifras de víctimas potenciales ya permiten imaginar un escenario global apocalíptico, han dado lugar a las mayores aprehensiones. Toda vez que los organismos internacionales, desde la ONU, a la FAO, la OEA y sobre todo la OMS se han demostrado absolutamente incapaces de enfrentarla exitosamente. El mundo se ha visto huérfano de instrumentos de defensa. El miedo se ha apoderado de la humanidad.