Si en algo ha sido coherente el presidente de los Estados Unidos Donald Trump durante los tres años y medio que lleva de mandato, es en su constante decir y desdecirse. En su contradicción permanente, casi siempre envuelta en una nube de declaraciones explosivas, sensacionalistas y atípicas dentro de la compostura que debe guardar un jefe de estado. En este sentido, las últimas sobre Venezuela, dadas hace apenas un par de días, no defraudan a nadie. A nadie, quiero decir, que después de ver como ha venido manejando la política exterior en el resto del mundo, no contase con que el señor Trump, finalmente, se cansaría de entretenerse con ese juguetito en que se ha convertido Venezuela; en ese país de maletín, portátil, más “portátil” que nunca, no obstante el medio siglo transcurrido desde que Adriano González León publicase su célebre novela.