Nadie quiere vivir eternamente en una tormenta. Ver extinguirse los horizontes perfectos, las fiestas retumbantes y la broma suelta en todas las conversaciones. Teníamos tantas costumbres de alegría, que se estamparon en nuestra raigambre. Un sentir bordado en un estilo de vida sencillo, optimista y hasta botarate. Pero se esfumó. Se escondió en el cajón final del olvido. Aprendimos a lamentarnos por haber extraviado esa realidad tan poco atendida y nos volvimos inconformes.