Hay que vivir los regímenes socialistas para contarlo. Todo el mundo sabe hasta dónde llegan, lejos, muy lejos, en la violación más brutal de los derechos humanos, pero no es lo mismo que padecerlos en carne propia. La gigantesca verborrea del poder pretende barnizar y embellecer el drama, pero resulta imposible. El proceso de descomposición ética es inevitable y corroe a todo el sistema, pervirtiéndolo cada vez más. Por ello, el Estado fallido. Y es que no puede comprender al Estado Socialista que, precisamente, destruye al Estado para consagrar a las camarillas de las distintas mafias confederadas. Años atrás, lo advirtió Aníbal Romero en un libro premonitorio: “Disolución social y pronóstico político” (1997). El asunto merece de un análisis adecuado al tratarse de la descomposición social.