Primero, una sensación de calma aparente. Después, un sobresalto. Y de repente la sorpresa se convierte en caos. Sucede a menudo en Venezuela. Ese es en buena medida el ritmo cíclico de su historia reciente. La profunda emergencia económica y social y la fractura institucional han hecho del país caribeño un territorio en el que las nociones habituales de la confrontación política carecen de sentido.
La polarización es mucho más que eso y con frecuencia —después de dos décadas de pulso entre el chavismo y la oposición, acciones militares, intentos fallidos de derrocar al régimen y estrategias disparatadas— se acerca a un abismo insalvable. Y la crisis es un pozo sin fondo del que nadie ha sido capaz de salir.
La sucesión de esas tres fases quedó plasmada a principios de año en un episodio que marcó el enésimo giro de tuerca del Gobierno de Nicolás Maduro y que sacudió a sus rivales. Ese día empezó, de alguna manera, un nuevo ciclo. El 5 de enero Juan Guaidó, jefe del Parlamento reconocido como presidente interino por casi sesenta países, iba a ser reelegido al frente de la Asamblea Nacional, la única institución controlada por fuerzas opositoras. Sin embargo, una maniobra de la bancada chavista y de un sector minoritario de tránsfugas convirtió la sesión en una jornada de vértigo. Se votó sin quorum en un hemiciclo en el que se cruzaban proclamas e insultos y donde iban y venían, sin apenas control, parlamentarios, asesores y periodistas. Los alrededores del palacio legislativo estaban llenos de militares. Una de las imágenes del día fue la del propio Guaidó —que mantiene que no llegó a entrar— intentando trepar por una verja para eludir a la Guardia Nacional. En un ambiente de caos, lleno de especulaciones y medias verdades, se juramentó un nuevo presidente del Parlamento: el opositor disidente Luis Parra, expulsado semanas antes de su partido, Primero Justicia, por un caso de corrupción. Solo el chavismo le reconoce. Y a efectos prácticos es suficiente, ya que el régimen nunca ha perdido el control del aparato estatal.
Lo que ocurrió entonces cobra ahora más sentido en medio de la pandemia, con un país paralizado y sin capacidad de respuesta por la destrucción de los servicios sanitarios. Maduro, en el poder desde la muerte de Hugo Chávez en 2013, trata de deshacerse de la presión interna convocando elecciones parlamentarias. Esta convocatoria amenaza con dinamitar los ya precarios equilibrios de la oposición, que rechaza participar. Guaidó, su equipo y sus seguidores afrontan uno de sus momentos más difíciles: debilitados por el acoso de la justicia, frustrados por la falta de horizonte y divididos tras los errores cometidos, buscan mantenerse a flote apelando a la unidad y aferrándose a su principal activo, el respaldo internacional. El llamado G-4, el frente de los principales partidos opositores, lo tiene cada día más difícil. El Tribunal Supremo inhabilitó a las direcciones de Voluntad Popular, la formación fundada por Leopoldo López; Primero Justicia, la organización de Henrique Capriles; y Acción Democrática. El fallo entregó esas fuerzas a unas gestoras encabezadas por dirigentes más dóciles y el cuarto partido, Un Nuevo Tiempo, teme una decisión similar. A eso se añade que los comicios, convocados para el 6 de diciembre, tendrán un árbitro designado por ese mismo tribunal, afín al Gobierno. Los intentos de pactar entre las partes una nueva composición del Consejo Nacional Electoral (CNE) que se dieron hasta finales de febrero quedaron desbaratados, como todas las demás aproximaciones al diálogo.“Hoy Venezuela está más lejos de una transición democrática que 18 meses atrás”
MICHAEL PENFOLD, ANALISTA
“Hoy Venezuela está más lejos de una transición democrática de lo que estaba 18 meses atrás, por errores estratégicos y la incapacidad de aglutinar el factor militar. El mundo y, en particular, la región, enfrentan la covid-19 en un ambiente de recesión global que hace que EE UU pierda cierto interés en la crisis venezolana”, opina Michael Penfold, investigador del Wilson Center de Washington y profesor del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA). “Maduro lo ha aprovechado, pero con las elecciones no busca legitimarse internacionalmente, sino que tiene dos objetivos: descabezar a la oposición y crear una oposición leal”, comenta.
Guaidó se proclamó presidente interino durante una movilización multitudinaria el 23 de enero de 2019. Lo hizo valiéndose de una interpretación de la Constitución por la que Maduro es considerado un usurpador —tras ganar las elecciones presidenciales el año anterior sin la participación de la mayoría de las fuerzas opositoras y en medio de acusaciones de fraude—. Ese desafío alentó las expectativas de millones de venezolanos que vislumbraron la posibilidad de un cambio político inminente, confiando en una rebelión militar que no se produjo. Multiplicó también la presión internacional contra el régimen, encabezada por EE UU, Colombia, la mayoría de los países latinoamericanos y la Unión Europea. Un año y medio después, todo parece haber quedado en agua de borrajas y la frustración interna es una bomba de relojería.

“La oposición en este momento no tiene ninguna opción buena, tiene que elegir la menos mala”, continúa Penfold. “La situación venezolana tiene una sola solución posible, que es un acuerdo político, pero no hay incentivos. Aquí se requiere un proceso de reactivación de la comunidad internacional, que cree incentivos para esa negociación. Muchos en la oposición lo plantean con la idea de votar o no votar, pero eso sin negociación previa no significa nada”. Al mismo tiempo, los mensajes lanzados por el Gobierno no son alentadores. El domingo pasado el ministro de Defensa de Maduro, Vladimir Padrino López, advirtió durante un acto castrense que “[los opositores] nunca podrán ejercer el poder político en Venezuela”.
Con estas premisas, y con un estamento militar que se ha mantenido fiel a Maduro pese a cientos de deserciones, los escenarios siguen siendo muy inciertos. Un análisis apunta a que una atomización de la oposición puede facilitar un proceso de diálogo con los sectores más moderados. En las filas opositoras se oyen cada vez más voces que dudan de la eficacia del alcance simbólico del Gobierno interino y el aparato paralelo creado por Guaidó. Que critican el liderazgo de la estrategia de Leopoldo López, resguardado desde mayo del año pasado en la residencia de la Embajada de España en Caracas. Y que repudian algunos de los errores más sonados de los últimos meses, como el intento de incursión militar en dos playas próximas a la capital con soldados venezolanos y dos mercenarios estadounidenses. Un plan suicida que acabó con al menos siete muertos y decenas de detenidos. Henrique Capriles Radonski, ganador de las elecciones parlamentarias de 2015 y alejado de la primera línea desde 2017, lanzó hace días unas duras críticas al camino emprendido y llamó a reconstruir no solo el país, sino también la oposición. López le respondió a su manera, reapareciendo con ocasión del 209 aniversario de la independencia en un acto telemático para pedir la unidad de los opositores.
Fuente: El País