Por primera vez tras sesenta años luego del asalto al poder en Cuba y la entronización de la tiranía castrista, el comunismo, que no ha descansado desde entonces un solo instante de aspirar al control del poder y el enfrentamiento contra los Estados Unidos, responde con una embestida geopolítica continental ante la eventual amenaza de verse atacada por las fuerzas liberales de la región. Consciente de que la crisis venezolana sólo podría ser enfrentada exitosamente con la intervención militar de los Estados Unidos y que dicha intervención, solicitada por primera vez con el consenso de las fuerzas democráticas, no podría llevarse a cabo sin poner en cuestión la existencia misma de la tiranía cubana, raíz principal de los males de la región, la respuesta no se dejó esperar: poner en acción toda la izquierda marxista regional atacando al fortín del liberalismo: Chile y el gobierno de Sebastián Piñera. Los resultados de la insurrección de Octubre fueron devastadores y aún no son asumidos políticamente por la sociedad chilena con la radicalidad y la dureza que ameritan.