Corría el año 1848 cuando James Marshall, trabajador encargado de contruir un aserradero para abastecer de madera al rancho de su jefe, el inmigrante suizo John Sutter, descubrió una pepita brillante en el fondo de un riachuelo que cambiaría para siempre la historia de California. El hallazgo de oro corrió de boca en boca a una velocidad digna de la época de internet desatando a su paso una oleada de inmigración histórica y que convirtió a San Francisco, por entonces un pequeño pueblo, en una gran ciudad.
Desde entonces, la fiebre del oro vuelve a subir de temperatura cada vez que las perspectivas económicas se nublan. Y la crisis del Covid-19 no ha sido una excepción. El precio del metal… Ver Más