Los economistas e historiadores coinciden en hablar de ciclos en el devenir de las sociedades y España, desde el advenimiento de la democracia, parece repetir el mismo comportamiento, en mayor o menor medida: en los momentos de crisis – ahora podría decirse que nos cae una por década- el principal ajuste se hace por el empleo: Bien sea en forma de despidos o de suspensiones (ERTEs). Mientras que en los tiempos de vacas gordas, se crea empleo a un ritmo rápido. Sin embargo, gran parte del empleo generado es precario y de menor valor añadido. La
última EPA
(Encuesta de Población Activa), publicada esta semana y bajo el impacto de la pandemia, aporta tres datos inquietantes al respecto: se estima que la ocupación cayó durante el segundo trimestre del año en
1.074.000 personas
(esta cifra no incluye los millones de trabajadores en ERTE), y que las horas efectivas de trabajo se desplomaron 22,59%.
Si embargo, la situación del trabajo en España no necesitaba del coronavirus para mostrar su peor cara. Desde la anterior crisis, el país no abandona
un lugar de honor entre los «campeones» del desempleo en Europa
: Con una tasa de paro del 14,3% – la última EPA ya la eleva al 15,33%- y el número de parados superior a los tres millones de personas (3,36 millones según el INE), somos el segundo país de la UE con mayor tasa de desempleo solo por detrás de Grecia (17,3% a cierre de 2019, Eurostat).
Sin embargo, en el número de parados nuestro liderazgo es indiscutible por que
los desempleados griegos son oficialmente 818.900
según Eurostat. Bien es verdad que Grecia supera ligerament los 10 millones de habitantes y España supera los 47 millones. Bastante por detrás de estas marcas, siempre en base a los datos de Eurostat a cierre de 2019, países de nuestro entorno como Francia (2,52 millones de parados y un tasa de desempleo del 8,5%), Portuga
l (339.500 paradas y una tasa del 6,5% de desempleo) e Italia (2,58 millones de desempleados y una tasa del 10%).
Todo ello, con una fuerte dispersión regional que en España superó el 30% aunque las diferencias dentro de los países son más agudas en Italia (52%) o Francia (30,8%).