Si hay algo que agradezco de mi infancia era poder levantarme cada mañana y ver a través del balcón de mi casa buena parte de la ciudad. Podía ver desde el suroeste, a parte del norte y el centro de la capital. Desde ahí cada mañana, podía ver al Ávila erguirse imponente como protector de la ciudad. En las primeras horas del día parecía no tener competidor, hasta el sol se veía opacado al lado de su majestuosidad; sin embargo, en la medida que avanzaban las horas, la atención que se le podía dar tendía languidecer frente a la actividad humana.