En Venezuela se lucha contra dos sentimientos atroces. El primero es una sensación tangible de tristeza. Saber que mañana será peor que ayer. Que las fechas pasan como espanto sin rumbo, así como la ineficiencia y el caos son irreductibles. Una pesadez instantánea, voraz y ruda. Abruma una incapacidad para entender los sinsentidos. En qué momento nos cambiaron la combinación mágica de la sonrisa citadina, para generar una nación asolada, turbia y gris; tan irreconocible.