Pocos tan golpeados, incluso, moralmente, como el profesor universitario. Demasiados años de enseñanza, modelando a las nuevas generaciones. Siempre, profundizando en sus conocimientos y buscando la mejor manera de transmitirlos. Y si tuvo en suerte entrar en el escalafón, sus ascensos se explicaban no sólo por la dedicación a una pedagogía cada vez más exigente, sino por los méritos acumulados en sendos trabajos de ascensos y artículos académicos. Y alcanzar el doctorado por una universidad reconocida (no estas tales universidades que venden el título), empeñarse a fondo hasta convertirse en profesor titular, significaba un mayor respiro económico y una jubilación prometedora para seguir – eméritamente – con sus labores académicas. Sin embargo, para hablar de un único detalle, andar entre tres y cinco dólares de ingresos reales, acreedor de bonos y todos los demás derechos que son humanos que les son negados, algo más que laborales, es el contra-milagro que ha logrado este régimen.