Durante varios años los venezolanos estuvimos atrapados en la misma discusión, como si no pudiéramos salir de una casa donde se había prendido una pelea familiar. Perdimos un montón de tiempo insultándonos unos a otros, casi sin tomarnos la molestia de argumentar para convencernos, apenas preocupándonos, y solo de vez en cuando, por entender siquiera un poquito la posición de los demás. Nos dedicamos a caernos a gritos sobre cuándo se jodió el país, sobre quién lo hizo, sobre quién tiene el poder de enmendarlo; nos quedamos pegados en mitos del pasado que insistíamos en desempolvar para imponer nuestra concepción del presente; nos dejamos meter casquillo y sacrificamos amores y amistades por darle la razón a uno u otro bichito que solo quería poder para saquear.