Frase de hoy, Ernst Cassirer y de dónde viene la creencia en la que pasamos de la Venezuela potencia a la Venezuela sin gasolina.

Por Pedro Francisco Aranguren Gualdrón @PedroAranguren 

“La pretensión del hombre de constituir el centro del universo ha perdido todo su fundamento; se encuentra  colocado en un espacio infinito en el cual su ser no parece otra cosa que en un punto singular y evanescente; se halla rodeado por un universo mudo, por un mundo hermético para su sentimiento religioso y para sus más profundas exigencias morales”, *Ernst Cassirer

Con la ilustración el ego del hombre le dio pábulo a la creencia que podía alcanzar lo que se tenía por imposible, creyéndose el ombligo del universo, y de ahí deriva esos duelos verbales que se daban en la Asamblea Nacional francesa en el que Robesperrie, Dalton y Marat hablaban como verdaderos dioses revolucionarios, porque al quitarse a Dios como eje del universo el hombre lo sustituyó y se lo creyó, lo cual explica aquellas palabras de aquel jacobino llamado Simón Bolívar en el terremoto del 26 de marzo de 1812: Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca. Un petardo lanzado al universo del nuevo hombre ilustrado, nada de miedo, nada de esconderse detrás de las piedras, gimiendo por la terrible devastación que causó aquel terremoto.

Precisamente fue el reclamo que hacía Nietzsche por otros medios, llamando superhombre a esa especie de hombre Batman que los comics luego inventarían para satisfacer  aquel viejo sueño insepulto; bueno, ciertos hombres han estado a la altura de lo que se han creído, como Bolívar no palideció ante las grandes dificultades que necesitó sortear para imponer aquella promesa libertad que se hizo a sí mismo en Roma, en el Monte Sacro. Otros, han sido peleles ante una realidad devastadora.

No estuvo mal creerse el ombligo del universo, eso le dio ánimo al hombre cuando antes lo atravesaba los más paralizantes miedos y prejuicios, pero cayó en el desatino de hacerse ateo, dejando de creer que como hijos de Dios podemos llegar a ser dioses, hecho a su imagen y semejanza, y que podíamos abrir en dos el Mal Rojo y que si la conexión era clara y contundente resucitar a Lázaro.

Ideologías de toda especie han venido a medrar en ese ateísmo y  a sustituir la creencia en Dios por ponerla en una doctrina mágica capaz de lograr cosas increíbles, como aquella promesa lanzada por el barbudo Marx de crear el paraíso aquí en la tierra a través de la lucha de clases y la instauración del reino del comunismo, lo que resultó un fiasco de los más grandes de la historia.

Como aquella otra promesa hecha a los venezolanos de una Venezuela potencia para terminar en la más famélica impotencia, ilusionados por una doctrina socialista que no daba para tanto, y la pena que da fue los cuantiosos ilusos que creyeron en esa portentosa promesa que devino en grandes colas para comprar lo que antes los venezolanos teníamos de sobra: gasolina.

A la vuelta de la esquina Robespierre, Marat y Dalton terminaron con sus cabezas en la picota; Bolívar, a pesar de sus hazañas guerreras, terminó admitiendo que había arado en el mar.

Cantar como gallos no hace gallo al pretensioso que al pie juntillas se lo cree.

La realidad es que el universo todavía nos acongoja y nos abruma a pesar de que el hombre sigue insistiendo en  llegar a lo más lejos.

Si como la ciencia cognitiva lo ha previsto, el hombre no puede vivir sin creer en algo, le sale mejor al hombre de creerse dioses por ser hijo de Dios, que hacer dioses a doctrinas e ideologías que nada más al poner el pie en la realidad ya están caducas y desfasadas.

Podemos conquistar lo imposible, el más allá del más allá, sí, pero nuestras creencias deben partir de lo infinito, de ese ser supremo que en nuestra creencia todo lo puede, del cual podemos recibir vida en abundancia para llegar a donde nadie ha llegado todavía, al superhombre que  Nietzsche buscaba vanamente en una antropología historicista en el cual el hombre-modelo podía ser un Nerón cualquiera o un loco como Hitler.

*Ernst Cassirer: Antropología filosófica.

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Author: El Reportero Anónimo