“No te pienso dar las gracias: no se puede agradecer que se libere a quien nunca debió perder su libertad”, le espetó Felipe González a Fidel Castro cuando, coincidiendo con una visita suya a La Habana, el Comandante liberó a algunos presos como supuesto gesto de distensión. Para González, esa práctica era pura y sencillamente “comerciar con carne humana” y no la consideraba aceptable. El pensamiento de fondo era sencillo: Castro disponía de un stock tan elevado de disidentes a los que poder encarcelar y luego liberar que siempre iba a ganar el juego. Y peor aún: ¿cómo no pensar que los más de diez millones de cubanos que no estaban en la cárcel también eran presos políticos de Castro?