Desde que se comenzó a vislumbrar el alcance de la pandemia, diversos autores empezaron a elaborar pronósticos muy bien sustentados que apuntaban a cambios estructurales en el modelo de desarrollo global que había regido hasta entonces. La crisis hizo patente que el crecimiento económico, como lo conocíamos, era muy difícil de recuperar una vez superado el Covid 19. La manera como se fueron apagando los motores económicos en forma paulatina, pero sistemática, el rompimiento de las cadenas mundiales de suministro, la paralización del transporte aéreo y marítimo, creó de la nada un colapso sistémico y produjo una caída abismal en toda la economía global como no se había conocido antes en la historia de la humanidad. Esto sirvió el escenario para que resaltaran con nitidez las falencias de la globalización, con su estrategia de producir barato, alejando la manufactura de los centros de producción y de consumo. Al fallar la provisión de bienes, al caerse el suministro de los proveedores, las fábricas de países que aún no habían sido sometidas a cuarentena, no pudieron producir. Ello reveló la necesidad estratégica de contar con proveedores cercanos, diversificar el suministro y no estar atados a lejanos, baratos y exclusivos centros de producción.