Sólo quien haya olvidado el importante papel jugado por la Iglesia en la protección y salvaguarda de los perseguidos políticos por la dictadura militar, independientemente de sus creencias religiosas, si las tiene, puede proponerse incendiar sus desvalidos templos, asaltarlos, destruirlos. Protegidos por la infamia de saberse a salvo de cualquier castigo. Un acto de absurda automutilación sin otro objetivo inmediato que dar satisfacción a la ira, al odio, a la venganza, a la impotencia. Sólo quien ignore el costo en vidas humanas y sacrificios materiales que pueden acarrear sus acciones vandálicas y el costo de sus acciones políticas si fueran respondidas por el establecimiento, tal como ellos parecen quererlo, con la desatada brutalidad de las fuerzas armadas, puede acometer el horror y el escándalo que provocan los incendiarios marxistas en la feligresía. Pues Chile, a diferencia de Cuba, es, para su fortuna, genéticamente católico. Y su religiosidad forma parte de la conformación espiritual de todos los chilenos Se entiende que los incendiarios, muchachos de corto entendimiento y escasa experiencia personal, no alcancen a comprenderlo. Lo que no se entiende es que muchos de los rescatados de las garras de la muerte por la generosa y benévola acción de la Vicaría de la Solidaridad, ya mayores y a cargo de la dirección de los partidos marxistas, propugnen la quema y devastación de las iglesias. No es sólo mal agradecimiento: es barbarie. Es estulticia.