Ya Bolívar se quejaba amargamente del prurito constitucionalista de los Estados recién fundados de la América Española. Enfrentados a una realidad rebelde y cimarrona, pronta, si no sumida ya en el caos y el desorden provocados por el fin de la dominación colonial, creían las nuevas élites dominantes que bastaba con aferrarse al texto de algunas de las constituciones establecidas en los países libres y desarrollados – Inglaterra, Francia, pero sobre todo Los Estados Unidos – copiando sus rasgos básicos, para alzar de la nada edificios políticos capaces de auto sustentarse. Perfectamente consciente de la inutilidad del intento, Bolívar prefirió buscar el respaldo de dichas naciones y de los pueblos recién liberados para establecer los debidos regímenes dictatoriales. Sin conocer a Thomas Hobbes compartía lo esencial de su pensamiento: no es la verdad la que sustenta la existencia de las leyes, es la espada. En su caso, la suya, sin ninguna duda la principal fuente de poder en las repúblicas recién liberadas por ella.