Moviéndonos en círculos culturales vinculados con la historia hemos platicado sobre qué podemos ofrecerle a Guatemala en su segundo centenario de “vida independiente”. Gracias al confinamiento por la pandemia y a acontecimientos recientes se nos ha ido aclarando que, al igual que otras naciones, Guatemala está enferma con una grave crisis de identidad nacional y deficiencia aguda de líderes a la altura de las circunstancias, además del persistente y vergonzoso Índice de Desarrollo Humano que revela un Estado fallido y decadente sin conciencia de nación ni voluntad eficaz para sanarse.
¿Cuáles son los virus o enemigos de esta Guatemala enferma? No son los extranjeros. Son bastantes de los políticos y algunos otros poderosos chapines mezquinos, intolerantes e iletrados quienes, aprovechándose de la ignorancia, los miedos y baja autoestima de sus compatriotas, llegan al poder para servirse y enriquecerse en 4 años aunque la patria se joda. Uno se pregunta: ¿Por qué teniendo tan buenos sueldos y dietas, en la crisis que nos ha hecho apretarnos los cinchos a los demás, ellos no se han rebajado ni un centavo? No obstante, para ser justos hay que reconocer que junto a esa gente nefasta hay muchas personas dignas y capaces que frecuentemente son marginadas o que para no ensuciarse se abstienen en participar en la vida pública. Algunos ejemplos de actualidad: escándalos como la marginación del vicepresidente electo, Guillermo Castillo, persona honesta, con buen curriculum y gran capacidad o el caso del arrinconamiento de las minorías honorables en el Congreso o en la Corte Suprema. Recordemos también a los paisanos y emigrantes que en otros países dejan en alto nuestra bandera porque en su propia tierra no pudieron. Incluso, dentro de los actuales impresentables poderes judicial, legislativo o ejecutivo o en instituciones como el Ministerio Público, el Ejército, las Universidades, el CACIF o entre los jóvenes y los mayores, los mayas y los ladinos hay gente muy respetable y valiosa que si se le diera la oportunidad y se uniera en el próximo Bicentenario podrían sanar, fortalecer y devolverle la esperanza a Guatemala.
A lo largo de nuestra historia Guatemala ha sufrido situaciones muy difíciles -terremotos, dictaduras, pestes, guerras- y siempre las ha superado porque el chapín es arrecho, chispudo y buena onda. Entre los 20 millones de guatemaltecos -17 en el país y 3 lejanos- abunda la “gente linda”. Sin embargo, se han dado oportunidades históricas que hemos dejado perder como, por solo citar acontecimientos del último siglo: el triunfo unionista tras la derrota de Estrada Cabrera y los intentos de Unión Centroamericana, la Revolución de Octubre y los avances sociales que sembró, tanto apoyo de países amigos, los Acuerdos para una paz firme y duradera después de 36 años de conflicto armado, el apoyo internacional para acabar con la corrupción y la impunidad con la CICIG, etc., etc.
Siguiendo atentamente las noticias y viendo cómo comienza a cerrarse un ciclo histórico en esta pequeña nación centroamericana, cuyos síntomas son la hemorragia demográfica de la emigración, la decadencia democrática y el progresivo malestar de la población, parece que el mejor homenaje que podemos darle al pueblo de Guatemala en el próximo Bicentenario es impulsar una reingeniería del país: haciendo cambios de fondo, incluso de la Constitución que últimamente ni los gobernantes respetan, siendo menos legalistas y formalistas y a cambio más justos y sinceros con nosotros mismos, haciendo que lo que perjudica o no beneficia al país o cambia o desaparece, dándoles lugar a las jóvenes generaciones sanas y emprendedoras, a los guatemaltecos que emigraron a EE. UU. y aportan tanto con sus remesas y su experiencia de valentía, trabajo y disciplina, priorizando la educación de calidad y ofreciendo oportunidades para todos, confrontando el proyecto de dictadura del “pacto de corruptos”, etc., etc. Por eso, en este camino hacia el Bicentenario, en vez de poner otra placa conmemorativa en algún parque, es urgente escuchar, entender y sacar las consecuencias de lo que significa el creciente rumor popular de que ya se va haciendo necesaria otra Revolución de Octubre.