Hace unos días me involucré en una diatriba sana en las redes sociales. Leí el texto con detenimiento, sin saltarme las frases precisas y enteras sobre el análisis. Lo había redactado un historiador amigo, con sus argumentos certeros y una capacidad innegable para conocer las estructuras del tiempo. Me dolió no tener sílabas para contradecirlo. Escribió sin reservas, tan dolido como yo por los juicios sueltos y coherentes: el pueblo en Venezuela no protesta por su libertad.