Apenas nos habíamos quitado las perturbaciones del debate presidencial norteamericano. Nos dejó un sabor extraño, como a un empate infeliz. No sabemos quién insultó más al otro, vociferó su encono con menos astucia o se encontraba más irascible. Hasta el moderador se involucró sin imparcialidad, tal vez confundido por la forma en que se quebraron todas las reglas.