El alcalde de la localidad alemana de los ancestros de Donald Trump anunció antes de su sorpresiva elección en 2016 que si hacía algo “grande” para Estados Unidos o el mundo como presidente, colocaría una placa en su honor. Cuatro años después, todavía no la hay.
Kallstadt es la pequeña ciudad vinícola en el suroeste de Alemania donde los abuelos paternos de Trump crecieron separados por una calle en humildes casas que todavía están en pie.
Mientras el mundo espera el resultado de otra elección determinante en Estados Unidos el 3 de noviembre, los residentes empiezan a estar cansados del nombre Trump en esta sociable comunidad. “Solo fue una ilusión”, dice el alcalde Thomas Jaworek, de 52 años, a la ‘AFP’ cuando se le pregunta por la idea de la placa. “Nuestros dos países solían ser amigos y nuestros amigos personales permanecen”. “Pero cuando ves a (la canciller alemana) Angela Merkel y a Donald Trump sentarse juntos, tienes la impresión de que ahora hay un mundo entre nosotros”, dice, en referencia a las gélidas relaciones entre los dos dirigentes.
Con una población de 1,200 personas, ya no quedan Trumps en Kallstadt, pero una pariente lejana por matrimonio en la cercana ciudad de Freinsheim parece tener la habilidad familiar para el autobombo. Ursula Trump, que a los 73 años es un año menor que el presidente, dice que después de su elección empezó a vender pasteles con la bandera estadounidense y pequeños emblemas de Trump hechos con azúcar en la panadería que lleva su nombre.
“La gente venía de todas partes, solo por los pasteles de Trump. Era una locura” dice con una amplia sonrisa. “¡Hasta los rusos venían!”. Eso hasta que un grupo de locales empezaron a boicotear su tienda. “Decían ‘¿por qué estaba haciendo publicidad de ese loco?’. Yo les respondía: ‘No estoy haciendo publicidad de él, yo tengo su nombre, ¿por qué no puedo utilizarlo?’”.
Aunque quedan en la zona unas pocas docenas de Trump, la mayoría están hartos de la prensa. Sin embargo, Sven Trump, 38 años, que dice que es un primo lejano del presidente estadounidense, trató de aprovechar la atención para la campaña “verde” el año pasado con vistas a la conferencia sobre el clima de la ONU que se celebró en Madrid.
Con un gorro rojo con el eslogan “Mantén el mundo grande”, se filmó el año pasado posando frente a la casa del abuelo de Trump diciendo: “Donald, el cambio climático existe y sus consecuencias afectan a EE. UU. y a ti también!”.
A través de sus cuentas en Twitter e Instagram @realsventrump, trató de provocar a Trump para que se uniera al Acuerdo de París de 2015, que preconiza la reducción de las emisiones de CO2, y aportara su granito de arena reduciendo la comida chatarra y el golf.
Sangre alemana
Joerg Leineweber tiene un hotel justo al lado de la casa del abuelo de Trump, una modesta casa blanca. “Hay gente que se hace selfis frente a ella pero había mucha más hace tres años”, dice Leineweber, de 53 años.
La inminente salida de soldados estadounidenses de Alemania es solo un símbolo del fin de la era de las relaciones de posguerra con Estados Unidos, sostiene. “Ya no existe la confianza que solía haber”.
Trump nunca ha visitado Kallstadt y solo ha hecho dos breves escalas en Alemania como presidente. Consultado el año pasado sobre una posible visita, prometió que aceptaría la invitación de Merkel con una referencia a sus raíces familiares. “Tengo sangre alemana, iré”, dijo. Pero todavía no ha vuelto.
Thomas Jaworek, el alcalde, pertenece al partido de centro derecha de Merkel, la Unión Demócrata Cristiana. Asegura que le ha sorprendido que Trump se enfrentara tan ásperamente con Alemania sobre el comercio y los gastos en defensa. “Al mismo tiempo, busca acercarse a los que nunca fueron amigos de Estados Unidos como Corea del Norte”, recuerda. Jaworek parece aliviado de que no haya tenido que organizar una eventual visita presidencial, hasta ahora. “Quizá todo acabe a principios de noviembre”, espera.