
No era una estatua, ni era para siempre; era un hombre y su eternidad agonizaba sobre el ring. Aquel espectro decrépito y fatal sólo tenía de Muhammad Alí el rostro, el cuerpo y el sufrimiento.
Por infobae.com
Acaban de cumplirse 40 años del combate realizado el 2 de octubre de 1980 en el Caesar’s Palace de Las Vegas y recuerdo todo con la perfección del dolor.
Muhammad Alí, el más grande, había renunciado a su corona mundial de peso completo reconocida por la AMB el 6 de septiembre del 79?, un año después de recuperarla frente a León Spinks, el 15-9-78 en Nueva Orleans. Por cierto que había decidido retirarse del boxeo aduciendo muchas razones sin reconocer hasta tres años después, que su cerebro estaba dañado por un Parkinson incipiente.
Fue así que tras superar los síntomas iniciales con medicación y seguimiento médico, Don King lo tentó para que volviera al ring a cambio de 10 millones de dólares para enfrentar a uno de sus sparrings del pasado: Larry Holmes.
El bueno de Larry era campeón pesado del Consejo Mundial, tuvo una serie de 48 triunfos consecutivos y quedó a una pelea de igualar el récord de Rocky Marciano pero Leon Spinks primero y Evander Holyfield después, lo derrotaron. Sin embargo, Holmes de 1.91 de estatura, considerado por la Asociación de Escritores de Boxeo de USA “el peleador del año 78” y por la agencia noticiosa The Associated Press “el 5° peso completo del siglo 20”, recuperó la corona mundial tras ganarle a Ken Norton el 9 de junio de 1978.

En el fatídico momento en que Alí aceptó la propuesta de Don King pues otra vez necesitaba el dinero, tenía 38 años y silenciaba reiteradas faltas de coordinación cognitiva, no sabía que comenzaban a morir ciertas células de su cerebro. Holmes en cambio, su ex colaborador a quien unos años antes le pagaba 200 dólares por cada round de entrenamiento, transitaba la plenitud de su poder físico, su pesada izquierda en jab y el apogeo hormonal de sus 31 años.
Como olvidar aquel día si tuve el privilegio de convivirlo con el mismo Muhammad Alí desde su despertar. Lo recuerdo como lo escribí, como si hubiese sido ayer:
Lana Shabazz, como todas las mañanas de los últimos 18 días, tendió el individual blanco de hilo sobre una mesa ovalada del living. Corrió el cortinado verde y dejó que el sol, ya ardiente, penetrara a través del voile suizo que cubría el ventanal de vidrio. Arregló las flores de un jarrón japonés y corrió hacia la cocina para que no se le quemaran las tres tostadas de pan lactal. No olvidó la mermelada de frambuesa y calentó el té de hierbas “Lao Tse”. Cuando su patrón Alí se sentó a la mesa para desayunar, Lana, la genial cocinera comenzó a entonar un himno del Spiritual mientras revolvía los huevos con las dosis justas de sal y pimienta. “Hoy es un gran día, Lana”, le dijo Muhammad. Y agregó con una dulce y serena sonrisa: “Hoy si Alá me ayuda seré más grande que Superman”.
Eran las siete de la mañana. La temperatura trepaba hasta los 32 grados. Las Vegas comenzaba a vivir los primeros síntomas del gran acontecimiento, el combate Holmes–Alí por el título mundial. Esta vez las estrellas de la noche anterior –las principales figuras de aquella época que estimulaban la competencia entre los grandes hoteles con casinos– importaban poco: Tony Bennett en el Sands, Debbie Reynolds en el Sahara, Lola Falana en el Aladdin, Paul Anka en el Caesar’s Palace, Liberace en el Hilton, Susan Somers y Hallelujah Hollywood en el MGM. La ciudad era de Alí–Holmes, una pelea que demandó 30 millones de dólares de producción invertidos por Don King y el Caesar’s Palace. Era la primera vez, además, que se construía un estadio en tres semanas. Hasta allí llegarían 25.000 espectadores. El resto –500 millones de personas– lo verían por circuito cerrado y por televisión en directo para 73 países; entre ellos China y Rusia por primera vez.
Para Alí éste era el gran día. Toda su actitud fue serena, exenta de excitaciones. Desayunó solo y luego leyó los diarios junto a su esposa Verónica (Porsche). Vio a través de la ventana al público desesperado por conseguir entradas y quiso salir a charlar con ellos. Su hermano Herbert se lo impidió: “Hoy no Muhammad, hoy nada de locuras”. Lo aceptó desde su suite (la 301-302), una jaula de oro del Caesars de 508 metros cuadrados. Recorrió mil veces sus tres habitaciones, la cocina, el living, la sala de lectura. Sus pies se desplazaban sobre una gruesa alfombra persa color turquesa hacia uno y otro lado. La mirada taciturna se perdía en un punto fijo y distante como si solo hubiera dejado su cuerpo en el cuarto…
En un extremo del pasillo un hombre calvo, cincuentón y corpulento lucía orgulloso su consigna de cancerbero: se trataba de Michael Buchawiecki, policía de la Universal Service, una empresa de vigilancia conformada por marines veteranos. Sólo 14 personas tenían derecho a pasar a la suite de Alí: Herbert Muhammad (hermano y manager), David Wells (relaciones públicas), Abdul Raman y Paul Jones (guardaespaldas), Ángelo Dundee (segundo principal), Lena Shabazz (cocinera), Luis Sarría (masajista cubano), Wassim Muhammad (cura heridas), Bundini Brown (ayudante técnico), Donovan Williams (médico ortopedista), Gene Kilroy (publicidad e imagen), Fred Shallam y Booker Johnson (abogados, asesores legales). Además y por supuesto los alojados en la suite: Marge Thomas (secretaria), Howard Bingham (fotógrafo y principal amigo), Latania Reff y Rosa Martínez (mucamas traídas especialmente por Alí desde su residencia en Los Ángeles). La única persona del hotel autorizada a ingresar era Dolly Parker, la supervisora del piso. Ella sólo traía toallas, sábanas y los elementos necesarios de los cuartos.Que se me haya permitido estar allí como único periodista invitado, será un recuerdo imborrable de mi vida profesional.
